lunes, 25 de julio de 2016

Marcas

Miro su culo mientras lo azota, el rojo resalta sobre el blanco de su piel, rojo que mañana será un morado intenso, rojo que mañana será un bonito dibujo de líneas paralelas. Nos azotó por turnos, algunos de lo elementos que a mí me tocaron fueron de los más duros, y en mayor número… miro mis nalgas, mi culo presenta un leve rubor que mañana no será nada, que mañana se habrá desvanecido para siempre, como si no hubiese pasado, sólo mi gesto dolorido al sentarme nos recordará que yo también fui azotada.


Nunca me quedan marcas, en todos estos años creo que sólo en tres ocasiones las he tenido y han sido pequeños morados y tras varios días seguidos de azotes… es algo que me atormentaba, miles de preguntas se me pasaban por la cabeza: ¿Quizá me azota demasiado suave?¿Me duele horrores porque soy muy débil pero sus azotes son caricias?¿Creerá que miento cuando lloro de dolor?... y muchas cuestiones estúpidas más. El sentirme débil ha sido una tortura, veía las marcas que mostraban otras y no me lo podía creer… si yo casi me moría de dolor la noche anterior, hasta qué nivel hay que llegar para que queden esas marcas. Otro ejemplo de que las comparaciones son odiosas, que hacen daño, que te desvían de ti mismo y tus propios límites y sensaciones.


Llevo años dándole vueltas al porqué no me quedan marcas. Muchas de las preguntas se apagaron al ir a fiestas y ver azotar a otras, e incluso al ver lo que opinaban otras personas de cómo me azotaba Él al hacerlo en esas fiestas. La más significativa fue una en la que le dejaron usar un flogger para probarlo conmigo, al hacerlo a Su manera le criticaron que había empezado excesivamente fuerte. Yo no dije nada pero por dentro aluciné, a mí no me había hecho ni cosquillas. Siempre he tenido la sospecha de que Él es duro, y lo es porque el 80% de los azotes que recibo son castigos, porque el juego está bien pero mi entrega tiene un objetivo claro y único: crecer.


Todas estas cosas y más me daban vueltas y vueltas en la cabeza, sin conectar entre sí, aún había alguna pieza que no había descubierto que lo uniría todo en mi cabeza. Los que me conocen saben que no puedo vivir sin entender, sin crear una especie de teoría que quizá sólo me sirva a mí pero que me aclare el porqué me pasan las cosas que me pasan, el porqué siento lo que siento. Es por ello que los: “disfruta y vive sin más” no me sirven. Puedo estar años buscando la solución a alguno de mis dilemas hasta encontrar la paz con el tema que sea. Los que me leéis creo que ya os habréis dado cuenta, uno de esos dilemas que me habréis visto de manera más evidente era mi conflicto con el dolor, el porqué lo necesito si no me da ningún tipo de placer. Este es ya un asunto resuelto y el de las marcas va por el mismo camino.


Hace unas semanas pude ver cómo otro culo se marcaba al recibir los mismos azotes que yo, de una manera muy evidente y duradera. Mi culo estaba intacto, yo estaba angustiada por el tema, necesitaba encontrar la solución de una vez. Entonces decidí abrir un poco más mi campo de visión, estaba quedándome demasiado en la superficie. Decidí observarme, ver qué quería enseñarme la vida, o qué aspecto negativo de mí dejaba de potenciarme al no tener marcas, y entonces la evidencia apareció ante mis ojos.


Siempre he dicho que he tenido dentro dos Ángelas muy diferenciadas, cada una con unas cosas buenas y malas que se oponían de manera muy clara. En este caso me centraré en mi lucha entre mi Yo profundo y mi Yo superficial. Siempre me ha torturado considerarme una persona profunda, que busca espiritualidad y trascendencia más allá del cuerpo pero a la vez ser tremendamente superficial, demasiado preocupada por el cuerpo, el físico y las pertenencias materiales. Ahora esa lucha no es tan marcada, mi Yo superficial se ha equilibrado mucho y menos mal. Pues bien creo que el hecho de no tener marcas tiene mucho que ver con esto. Él siempre me ha querido hacer crecer, es duro porque es la manera que tengo de hacerlo, es lo que le pedí, ese era el objetivo principal de mi entrega. Por ello me duelen los azotes horrores pero necesito el castigo, y precisamente por eso no me quedan marcas después, porque eso hubiese sido un peso para crecer, verme las marcas al día siguiente, poder presumir de lo mucho que me han azotado y que yo he aguantado, poder presumir de buena sumisa es superficial, lo hubiese utilizado para desviarme del objetivo, me hubiese hecho distraerme y no reflexionar del porqué de esos azotes, del porqué hago lo que hago, y Él hace lo que hace. Hace un tiempo mi amiga me golpeó con una de sus frases, de esas que se te quedan en la mente porque sabes que no has terminado de entender y notas que debes aplicártela: “Las marcas son ego, punto”. En ese momento lo medio entendí, además se lo apliqué a los dominantes exclusivamente, algo de mí no quería escuchar que sólo quería tener marcas para presumir, para reconfortar a mi parte superficial, que quería marcas para, como siempre, buscar que cosas externas me digan las cosas que debería decirme yo misma, para darme la seguridad que debería nacer de mí misma. Quería unas marcas que me confirmaran que soy fuerte, que me esfuerzo, que me entrego… en vez de confiar en ello desde mí misma. Necesitaba esas marcas al igual que siempre he necesitado que me digan “Eres guapa” para creer que lo soy en vez de confiar en lo que veo en el espejo, en cómo me siento yo.


¿Estoy diciendo que creo que mi cuerpo nació con esa característica tan concreta con un fin ya establecido? Sí. Llevo unos meses en que no paro de tener evidencias de que venimos a cada vida con un fin y nacemos con las herramientas necesarias para conseguirlo. Entiendo que sea difícil de comprender, que lo sencillo sea creer que es una casualidad, que nací con una circulación sanguínea portentosa y que no tiene nada que ver con nada más. Lo entiendo, y no busco que me deis la razón, yo sólo sé que mi explicación me ha dejado en paz, en mi cabeza encaja perfectamente, que en mi forma de entender la vida encaja perfectamente… Y estoy contenta, hace unos meses no habría escrito esta entrada, por miedo al "qué pensarán", pero esto me demuestra que cada vez necesito menos que me confirmen las cosas desde fuera para confiar en lo que siento, cada vez necesito menos que me digan “Eres guapa” para sentirme realmente así.

lunes, 18 de julio de 2016

Hermana

Nunca estarás sola - Maldita Nerea


Hay momentos en los que las preguntas se apagan en mi mente, son microsegundos, ratitos en que ganan las certezas, en los que se callan los “Porqués y paraqués” ojalá pudiera presumir de  que esos momentos son fugaces pero abundantes pero no, aunque sí puedo presumir de que cada vez son más. Y soy consciente de que llevo mucho dentro pero sola soy incapaz de sacarlo, aún necesito un estímulo externo para sacarlo. Pero para eso están ellos aquí, para creer en lo que digo, para provocar mis palabras.


Una relación de tres no es lo que imaginaba, no es lo que había prejuzgado. Nosotras nos encontramos porque debíamos encontrarnos, porque somos hermanas de otra vida, porque pactamos en esta volvernos a ver, para vivir momentos que den aire, que nos llenen los pulmones para seguir cada una con su misión, y la amo, la quiero como para llorar mientras se marcha, porque mientras se va soy consciente de su ausencia, y soy consciente de que debe ser así. No es la angustia de la despedida, no es la angustia de separarnos, no es ese miedo a no volvernos a ver, no es echar de menos nuestras charlas, no es saber que no amanecerás con ella cuando Él ya se fue hace rato al trabajo, no es que ya no habrá Tour en el colchón del sótano, no es eso… lloro de emoción, de la emoción que es comprender, de saber que lo que vivimos no es de este mundo, porque los tres juntos somos magia, de mil maneras distintas, pero magia.


Y no estoy enamorada de ella, no la amo como a una novia, aunque a veces bromeemos con ello, es mi hermana pequeña, porque me saca una energía que nunca viví, al menos no en esta vida.


Me apoyo en la pared, en esa esquina desde la que puedo verlos juntos sin estar metida en escena, no quiero follar con ellos, quiero mirarlos sin más, sonriendo sin querer, viéndola crecer en Sus manos, esas manos que me hacen crecer a mí. Quiero mantenerme al margen hasta que su llanto me haga correr a su lado para que me agarre la mano, para darle fuerza, esa fuerza que yo tuve que sacar sola, y que ahora me apetece facilitar. Me siento en el bordillo de la piscina y los veo jugar, chincharse, lo veo tocándola a “escondidas”, y yo no quiero mojarme, no quiero meterme en el agua por muy tentador que sea jugar los tres juntos, pero no es mi función, una certeza me lo dice en el pecho. Y es que los amo por separado, a cada uno por motivos distintos, y ellos me quieren, pero también se quieren, de maneras distintas. Y cada uno tiene una función distinta dentro de los otros…


Perdóname hermana, yo no puedo hacerte el amor, en la cama sólo puedo darle a Él, a ti solo puedo acompañarte, no puedo darte ese amor… pero a cambio te doy mi voz, mis palabras, mis dudas infinitas, y mis pocas certezas son tuyas también. Te regalo la tranquilidad de que después de vuestros momentos todo está bien. Porque los celos y la posesión no pegan en esta relación, porque el sexo es solo una herramienta, no es más mágico Su sexo que mis palabras. Porque con vosotros sólo me nace facilitar. Porque yo quería que Él tuviese tu trocito de alma y que tú te quedases con el Suyo. Te doy esa complicidad que raras veces me nace. Nunca me vi como líder hasta que te conocí y me cantaste “Yo te seguiré”, y entonces sí, entonces me nació una fuerza que no sabía que existía, y me puse a guiar, me puse a darte amor del que te puedo dar, del que sé que tengo que darte.


Nadie nos entiende, a veces creo que ni nosotros mismos entendemos qué vivimos, y lo sé porque esta semana ha pasado y ha sido una semana ajenos al mundo, una semana que parece no haber existido para el resto de la humanidad, porque no ha sido una semana humana, porque nos han nacido miradas y risas que no son terrenales. Y no sabemos explicarlo, queremos transmitirlo, gritarlo con un megáfono, pero las putas palabras no salen, las putas palabras se me ahogan en la garganta y me siento muda.


Y aquí me tenéis intentando explicar algo que no sé explicar, intentando gritar, cantar, susurrar, emitir sonidos guturales… a ver si encuentro la frecuencia en la que poder transmitir lo que siento.


Esta semana ha sido mágica porque hemos estado más cerca del cielo que de la tierra, porque hemos tenido momentos geniales, porque hemos sacado conclusiones geniales, porque hemos cogido aire, porque nos hemos amado de muchas maneras y todas preciosas. Pero ahora hay que seguir, no nos podemos quedar enganchados a lo bonito de lo vivido, tenemos que avanzar pues nuestro objetivo en la vida no es estar juntos, eso es solo el pacto que hicimos de facilitarnos, de facilitarnos el camino. Es solo el pacto que hicimos para tocar lo divino con las yemas de los dedos para que nos den más ganas de seguir luchando para conseguir agarrarlo con las manos.


No tengo más que decir, en verdad no puedo. Sólo sé que cuando esta canción sonó en tu móvil, cuando la pusiste como quién no quiere la cosa de camino a la estación, pero con toda la intención de que la escuchase, como si fuese un secreto que ya no pudieses ocultar más a pesar de no saber cómo recibiría yo ese mensaje, cuando sonó esta canción que ya había escuchado y nunca me había gustado, sentí algo increíble, me sentí muy afortunada por ser tu hermana mayor, porque sé que cada palabra de ella te recuerda a mí, que parece una conversación entre nosotras, que parece que otras personas han puesto palabras a cosas que nosotras no podemos, y eso es un honor inexplicable, y sí, una responsabilidad, pero de las que me gustan, de las que me dan vida.


Hermana, menos mal que tú, que Él, que nosotras… menos mal que los tres.

lunes, 11 de julio de 2016

Locuras de Cabaret

Life is a Cabaret - Liza Minelli


El Cabaret siempre me ha fascinado, estoy convencida de que en otra vida fui una bonita y triste cantante de un decadente cabaret. Sería un local abarrotado de oficiales, de ricos y pervertidos personajes deseando hacer realidad sus fantasías con cualquiera de los que allí trabajábamos, chicos o chicas, cada uno tendría sus preferencias.


Me imagino bailando y cantando con un vestido que deja poco lugar a la imaginación, con flecos y plumas, me imagino maquillándome frente al espejo para hacerme más apetecible, sabiendo que al final de la noche esas pinturas no serán más que churretes, pues ¿Acaso el cabaret no iba de eso? De pintar de arte y belleza algo tan duro como es la prostitución. Y me pregunto si no fue en esa vida donde se instauró en mí esa sensación de que lo triste es hermoso, en esa vida en la que disfrutaría cantando pero lloraría follando. ¿Azotaría el culo de algún militar? ¿Recibiría alguna paliza de otro? ¿Acabaría las noches refugiada en la cama de alguna compañera? Esa cama en la que nos daríamos el amor que no recibimos de nadie más esa noche. Sí, estoy segura de que busqué besos y caricias femeninas pues solo alguien que sufre como tú puede darte el consuelo apropiado, sin paternalismos ni juicios. Seguro que nos entendíamos, casi puedo recordar sus labios carnosos sobre los míos…


Quizá esto que escribo es una locura, pero a mí me salva y me eleva, me gusta crear recuerdos para dar explicación a muchas de mis actitudes. Y claro que podéis tacharme de loca, pero qué importa, me gusta recordar a mi compañera, me gusta imaginarme llorando mientras me sodomiza alguien que ha pagado por ello, me gusta imaginarme bailando y cantando feliz sobre un escenario cutre, cantando sobre las verdades de la vida, cantando que soy feliz en el fondo porque la vida es un cabaret, que te da la pena y te devuelve la felicidad sobre las tablas, que al acabar la noche te hace pensar que no puedes más, pero al despertar por la mañana estás deseando calzarte de nuevo los zapatos de actuar, para sentirte grande y hermosa mientras cantas y seduces a aquellos que luego aborrecerás. Pero… ¿Acaso esa magia no lo vale? Sentir la emoción del aplauso, sentir tus pulmones vaciarse en una canción, divertirte bailando y contoneándote ¿Acaso el consuelo después del llanto no es amor? ¿Acaso los labios de una compañera que sufre lo mismo no sería magia suficiente? ¿Acaso no nos querríamos con locura? Pues ambas sabríamos nuestro más oscuro secreto, ambas lo compartiríamos: nos valía la pena, sí, sentirnos poderosas sobre el escenario, valía la pena sentirnos así siendo folladas, pues el que nos contrataba solo mordía el anzuelo que le habíamos puesto delante. Sentir ese poder valía la miseria y las lágrimas, pues estas serían secundarias, sentir ese poder lo valdría todo…


Sí, yo fui una bonita y triste chica de cabaret, estoy segura de que bailando sobre las chirriantes tablas, cantando a pleno pulmón solo cantaría la verdad: Era poderosa, soy poderosa y ninguna circunstancia, ni ninguna vida cambia eso.

lunes, 4 de julio de 2016

La sumisión es un camino

Para empezar esta entrada voy a definir los términos que voy a usar. Para hablar de mi etapa anterior diré mi etapa como sumisa, y me refiero a cuando me dejaba condicionar por el significado que otros le dan a esa palabra, cuando me atraía todo lo superficial del término. Cuando mis metas y mi percepción se basaban en las propias de una sumisa en el BDSM. Por ello si atribuyo bastantes cosas negativas al término “sumisa” no es porque realmente las tenga, sino que yo como sumisa dentro de una comunidad con unos patrones a seguir no me gusté. En mi nueva etapa me llamaré Suya o “entregada”. Todo esto lo aclaro para intentar describir más fácil las diferencias que veo entre una etapa anterior y la que vivo ahora. Aunque es complicado, ya aviso…


Cuando era sumisa imaginaba mi mundo ideal como un protocolo perfecto y pomposo. Como meta tenía ser perfecta, quería no tener ni una sola falta al terminar el día. Si viviese encerrada en casa, sin hijas, sin trabajo, sin familia etc… no me parecería una meta tan horrible y tan dura como me resultaba. Y es que, como imaginaréis, no solo quería ser perfecta como sumisa, también lo quería ser en cada aspecto de mi vida. Cuando llegaba la noche estaba agotada, y aún me quedaba el trago de hacer recuento de faltas y cumplir castigos. Todo se me hacía cuesta arriba, me sentía fracasar a cada paso, y lo peor era la sensación de decepcionarlo. Para que os hagáis una idea algunas de mis faltas eran olvidar decir Amo al final de una pregunta o respuesta, olvidar pedir permiso para salir de una habitación, no hacer algo que me había ordenado que hiciese… evidentemente hay faltas y faltas. Las dividiré también en faltas superficiales (aquellas de protocolo, pequeñas órdenes)  y faltas profundas (mentir, ser soberbia, responderle con carga). Ahora veo claro la importancia real que tienen cada tipo de falta y la relación que tienen unas con otras, pero antes no. Como sumisa sentía una presión horrible, no podía fallar, sentía que daba pasos atrás si se me escapaba algún “tú” y pensaba en el ideal de sumisa que se tiene y en cómo yo lo reventaba a cada despiste. Desde fuera siempre se tiende a echar la culpa al Amo por una sumisa saturada, seguro que pensaréis que me presionaba, que Él me ponía todos esos protocolos y esperaba de mi la perfección, si no lo pensáis me extraña porque yo sí lo hacía. No porque Él dijese una sola de esas palabras, sino porque en mi cabeza era lo que se supone que desea un Amo. Pero se me olvidó que los Amos y sumisas que imaginaba no son reales, son proyecciones de nuestro cerebro, de nuestra propia exigencia. No conozco a una sola sumisa que no sea autoexigente, de verdad que no, no conozco a ninguna que en el resto de los aspectos de su vida no quiera llegar al 10. Y somos tan tontas de pensar que en ese aspecto no se va a reflejar ese defecto y que no nos va a hacer tanto daño como nos lo hace en todo lo demás. Se me olvidó recordar que soy una mujer real, de carne y hueso y que Él lo sabe, y mucho peor, se me olvidó que Él me quería a mí más de lo que quería a esa sumisa perfecta que yo creía que debía ser. No negaré que entre un Amo y una sumisa hay una distancia natural, la distancia que hay por estar en distintas posiciones, no negaré que mi Amo es estricto, que no me pasa ni una… pero OJO lo que he descubierto en esta nueva etapa es el porqué y con qué fin no me las pasa. Creo que castigar las faltas superficiales sirve para evitar las profundas, no es que si me olvido de un Amo al final de una respuesta Él me castigue decepcionado por no haber conseguido ser perfecta, creo que esa norma es algo que le gusta y de la que disfruta pero no es una necesidad básica, sin embargo mantener a raya mi soberbia y mi facilidad para dejar salir a mi ego sí es algo peligroso. Y es que reconozco que en las épocas en las que se relaja castigando las faltas leves me pongo peor, me sale la soberbia y tiendo a “subirme a la chepa”. Me avergüenza decir que cuando estoy enferma y Él me cuida y me perdona más las faltas me vuelvo contestona, me salgo de mi posición, con la consecuente “infelicidad” que personalmente eso me supone. Cuando era sumisa creía que Él quería que no cometiera ni una sola falta, que se sentía realmente orgulloso y satisfecho cuando llegaba con el contador a cero, pero he descubierto que, mientras las faltas profundas no se den, las faltas leves son un instrumento, o quizá simplemente es que esas faltas para Él no son tan importantes, aunque más bien, lo que me ha enseñado es que ser perfecta no es importante, que hay otras millones de cosas más profundas por las que me ama, por las que me quiere a Su lado.


Y llegados a este punto vuelvo a mi eterna lucha por salir de los patrones, a mi lucha en pro de la naturalidad, leer sobre sumisión es leer sobre superhéroes, es como si descubres que te pareces a Superman y te pones a intentar ser como él… jamás lo conseguirás, y te pasarás la vida estrellándote contra el suelo porque no puedes volar tal y como lo hace él, y no es que no puedas porque eres menos, no conseguirás porque Superman no existe, al igual que no existe esa supersumisa que nos ponemos como meta. Yo he tenido la gran suerte de que mi Amo ha tenido eso claro desde el principio, que solo fui yo la que creí que mi idealización era real. Por suerte Él siempre me ha ido empujando al camino de la naturalidad, la aceptación de nuestras imperfecciones y a la lucha real, sin presión de cambiarlas para crecer. Y es que esto sí es muy importante, lo que sí es genial es luchar para ser la mejor versión de nosotros mismos, pero siempre y cuando eso sea una motivación no una obligación.


Ahora mi vida sigue siendo aparentemente igual, pertenezco a mi Amo, pero ya no soy sumisa, ahora intento no cometer faltas, pero cuando las cometo, las asumo, aprendo, me motivo para no volver a cometerlas, me perdono y las olvido. Y es que lo peor de mis faltas no era verlas en Su contador, ese que tras los azotes vuelve a cero y olvida el número que allí había para siempre… lo peor de mis faltas era apuntarlas en mi contador personal, ese que no tenía ruedecita, ese contador que nos hace tener una visión general de nosotros mismos negativa, recordando aquella vez que fallaste, recordándote lo mal que lo haces por toooodaaas las faltas que has cometido a lo largo de tu vida, aunque ya les hayas puesto remedio, aunque ya aprendieras de ellas y nadie más les eche cuentas. Ahora vivo entregada, y eso significa ser más liviana, significa aprender de los errores, asumir los castigos y al rato ser feliz entre Sus brazos, entre Sus mimos, olvidando que fallé, olvidando ese ideal perfecto.


Sinceramente ya no me siento con la potestad para hablar sobre sumisión y BDSM porque me siento fuera de ello, pero como estuve dentro me voy a permitir dar un consejo a todo aquel que sí esté en ese camino, y que sí se sienta identificado con ese título: la sumisión es un camino, no un fin. Eres sumisa cada día que te levantes con afán de darte a tu Amo, ya cometas una falta o 100, ya acabe tu día entre azotes de castigo u orgasmos de recompensa, no eres una mujer luchando por ser sumisa, porque ya lo eres. No, no hay sumisas mejores o peores solo hay sumisas, a secas, porque la que ayer llegó con el contador a 0 hoy tiene 50 azotes por recibir, asumir eso forma parte de la sumisión, y si no estás dispuesta a asumir que eres imperfecta, si vas a hacer de esto una presión por llegar a un ideal, déjalo, eso es destruirse no crecer.

lunes, 27 de junio de 2016

El Hada, el Guerrero y el endometrio

Hay sentimientos y sensaciones que no se pueden explicar, son como un pálpito en el pecho… estoy cansada de no tener palabras para explicarlas así que se me ha ocurrido que voy a empezar a escribir un cuento por cada una de ellas. Un cuento mágico, como si fuese una historia que sucede a la vez que las sentimos e incluso como si las sensaciones y los pálpitos fuesen resultado de ellas… Hoy hace 12 años que empezamos esta aventura que es estar juntos, 12 años que en aquel banco de aquel parque nos besamos por primera vez. Jamás olvidaré el sabor a menta y el olor a mora, jamás olvidaré aquella sensación. Él ha sido la intuición más mágica y nítida que he tenido, por ello se merece ser la primera, por eso se merece este primer cuento:


Él era un hombre sencillo, un hombre fuerte, de sonrisa deslumbrante, tenía el poder atrapado en sus dientes y sus dedos. Era un jinete de pistolas en la cintura, de espuelas de pinchos afilados. Era un aventurero que decidió explorar, un aventurero incansable e inquebrantable, jamás se daba por vencido. Era un hombre justo, un hombre de tierno abrazo y firme espada, un estudioso, inteligente, callado. Con un guiño dejaba los corazones entregados… Pero sobretodo Él era un Guerrero, sin armadura, sin honores, pero valiente y bravo.


Ella era una palomita, una zorra como pocas, una gata salvaje y un poco rabiosa. Ella era una bailarina de burdel, era una cameladora, con solo enseñar el tobillo tenía cliente asegurado en su lecho. Ella era una princesa egipcia llena de enigmas y misterio, en sus manos la suavidad y en su voz la magia negra. Ella era una ninfa asustada, se defendía atacando, era un ser perdido en los templos de la represión y la tristeza. Ella lloraba cada noche antes de dormir sobre un lecho de hojas, los mares estaban hechos de sus lágrimas, el sonido del viento de su lamento.


Él viajó por los confines del mundo, Él se recorrió cada montaña, cada ciudad, cada poblado, Él no lo sabía pero la buscaba a Ella, esperaba encontrarla en alguno de sus largos e increíbles viajes. Luchaba con dragones, con ninjas, domesticó a un lobo salvaje y enorme, durmió al calor de una manada de leones, la hidra casi acaba con Él, pero no tenía más cabezas que Él empeño.


Ella lloraba y cantaba, Ella embaucaba a los campesinos, los enroscaba entre sus piernas, los atrapaba en su magia para siempre, jamás volvían a ser los mismos. Incluso dicen que alguno murió de fiebres, de inanición, que a alguno vieron marchar de la mano del demonio por propia voluntad. Ella tenía la verdad del mundo atrapada en su coño... eso acababa con sus amantes.


Él estaba caminando, silvando despreocupado, tarareando alguna canción de las que se almacenaban en su mente y lo acompañaban en cada paso. Algo llamó su atención, era una mujer, en un campo recién segado, una mujer desnuda recostada entre las balas de paja. Sí, era Ella, corrió a su lado. Mientras corría iba desnudándose: la espada manchada de sangre de dragón le sobraba, la pistola que acabó con el monstruo de aquella cueva le estorbaba, el machete con el que se abría paso entre las hojas le pesaba, la ropa sucia llena de recuerdos se le antojaba lija sobre la piel… Y acabó desnudo, corriendo por el campo hasta Ella.


Cuando la chica abrió los ojos solo vio una silueta masculina con el sol detrás, sin inmutarse puso el brazo en la cara para evitar deslumbrarse, y separó las piernas para dejarlo entrar…


Sin saberlo se adentró en la mayor aventura jamás contada, puso Su polla a la entrada del jugoso órgano femenino y se abrió paso a través del frondoso y rubio bosque de su vello púbico, estaba lleno de magia, en cada rincón, tras cada árbol había un susurro, un susurro que le contaba la vida de aquella extraña hada que lo recibía con los ojos vacíos y tristes. Y, aunque algunas de esas palabras lo asustaron como no lo había hecho la más fiera de las bestias, siguió adelante y llegó a la orilla de sus labios superiores y al mar de sus labios inferiores, llegó a la humedad de las caracolas, a la brisa marina de su carne, al agua tibia de aquella sirena afónica. Y, aunque el mar se le antojó el más oscuro y profundo de todos los que había visitado, continuó sin vacilar. Arribó a la cueva de su vagina, una cueva pequeña y estrecha, una cueva cálida pero de apariencia tenebrosa, las lágrimas la pintaron de rojo sangre, los desgarros la llenaron de cicatrices, aparecían fantasmas tras los rincones, pero el aire seguía siendo templado y acogedor, la ternura lo envolvía a pesar de todo, y podría haberse quedado allí, pero decidió ir más allá. Era un explorador y acababa de descubir su tesoro, acababa de descubrir todo un mundo oculto, una ciudad secreta, una Atlantis dentro de esa muchacha. Así que escaló por la estrechura del cuello del utero, ese puente que le apretaba y parecía encogerse para cerrarle el paso. Al conseguir cruzarlo admiró la cosa más bonita que sus ojos jamás habían visto, era un valle, amplio, hermoso, recubierto de mullida hierba, adornado con aromáticas flores. Admiró la belleza y decidió en décimas de segundo quedarse allí, anidar en aquel endometrio que parecía llevar toda la vida esperándolo. En cuanto lo hizo algo explotó, una magia, un orgasmo conjunto los llenó, les recorrió las venas, les tensó los músculos, les expandió el cerebro, se materializó en sus ojos al mirarse, se habían encontrado, el Hada y el Guerrero se habían encontrado…


La mora invadió el aire, sus narices. La menta sus bocas.


 

lunes, 20 de junio de 2016

Anoche, al fin, volví a llorar

Terminamos de ver una serie en el sillón, en Su sillón, estamos tumbados, Él me abraza por detrás “¿Qué piensas?” y las lágrimas empiezan a rodar, salen solas, el llanto me nace de un lugar lejano y profundo, un lugar que hacía años no visitaba.


Lo recuerdo aquel Septiembre, aquel nuestro primer Septiembre. Estábamos tumbados en la cama de Su dormitorio, las lágrimas rodaron al igual que lo hicieron anoche… Él me miraba, era la primera vez que me veía llorar. Nunca he sentido a nadie de esa manera, nunca he visto unos brazos tan llenos de deseo por consolar. Me rodeaba y me estrechaba contra Su pecho, intentando protegerme de esa marea de lágrimas que me arañaban la cara, de ese quejido que solo sacan los buenos llantos… Muchos años pasaron después, vio muchos llantos saliendo de mi soberbia, de mi coraje, de mi capricho, muchos llantos que salían de una capa más superficial. Quién puede culparlo por haberse acostumbrado a mis lágrimas, quién puede culparlo de no sacar ese instinto de consuelo cada vez que me veía llorar, y es que yo no volví a llorar como aquel Septiembre, no volví a llorar de manera tan desgarradamente limpia, no volví a llorar con lágrimas tan profundas…


Pero anoche lloré, no quería llorar, ni siquiera estaba conscientemente triste. Pero las lágrimas salieron fáciles, acompañadas de ese quejido, otra vez ese quejido… La vida volvía a abrumarme, exponiéndome a grandes cosas que solo ella sabe que puedo enfrentar, que solo la puta vida sabe que puedo sobrellevar… y es que nadie me dijo que empezar a ser consciente de tu valor doliera, es que nadie me dijo que escuchar al fin lo bonito que tienen los demás para ti fuese fácil, nadie dijo que era duro, que era difícil empezar a vislumbrar tu magia, tu esencia… Los oídos pitan, el estómago da pequeños saltitos, el corazón quiere salir de ti, la cabeza te da mil vueltas… y lloras. Anoche lloré y Sus brazos volvieron a ser aquel cobijo, volví a sentir aquella primera ternura que brotaba de Su pecho. No podría haber consuelo mayor. No hacían falta más palabras, no hacían falta más personas, más besos, nada, Él, sólo Él. Y es que hace magia conmigo, Él no lo sabe, no es consciente de lo que me dice sin hablar. Anoche me consoló, me protegió, me dejó llorar libre, me dejó expresar mis angustias, mi miedo a que la vida que me espera me supere, mi miedo a no ser suficiente… Y mientras lloraba entre Sus brazos descubrí uno más de Sus secretos: Su pecho, Su abrazo, es capaz de transformarse en máquina del tiempo, es capaz de llevarme atrás, a mis 17,  en esa cama, en ese momento en que yo lloraba y Él ejercía por primera vez de Guardián, de mi duro y protector Guardián.


Anoche lloré y me sentí la persona más especial y querida del planeta...

lunes, 13 de junio de 2016

Lo echo de menos

Count On Me - Bruno Mars


Me levanto por la mañana y mientras me ato las zapatillas pienso en él, pienso en mi padre. Está de viaje, hace varios meses que no lo veo y lo echo de menos. Me sorprende este pensamiento, me transporta a la niñez, a las semanas más largas de mi vida, aquellas que pasó en Chile. No es que siempre estuviese en casa, no es que de repente lo echase de menos porque de estar mucho conmigo pasó a no estar, no, es solo que esas semanas fui consciente de que echaba de menos nuestra relación, el ratito de por la mañana cuando me llevaba al cole, tarde, siempre tarde, pero cantábamos las canciones en bucle como si las monjas no me fuesen a echar una regañina, echaba de menos esos pequeños momentos, no a mi padre como figura tópica, lo eché muchísimo de menos. Después hubo más viajes pero ya no lo eché de menos así, mi padre es feliz viajando y eso es algo que supe esas semanas, esas semanas supe que debía acostumbrarme a dejarlo libre, porque yo lo quería, porque yo lo quiero, y cuando de verdad amas a alguien lo aceptas como es y eres feliz con su felicidad, enjaular pájaros nunca me pareció de recibo. Luego llegaron los años malos, llegaron esos años en los que mi ego empezó a ganar las batallas, esa época en la que solo veía cómo se supone que deben ser las cosas, aunque en el fondo yo no quisiera que las cosas fuesen de otra manera. Respecto a mi padre comencé a echarle en cara que no me dedicara atención, que no se comportara como un padre “debe” hacerlo, lo hice sentir mal, y tampoco sé muy bien por qué, si yo no necesitaba un padre al uso, yo solo quería nuestra relación, como ha sido siempre: rara, esporádica y especial. Yo no quería un padre que te diga qué debes hacer, no quería un hombre que está en casa esperando a que vuelvas, que come cada día contigo y te pregunta qué tal te fue el día, juro que nunca necesité eso, de hecho en esa época oscura él intentó ser ese tipo de padre, intentó decirme cómo hacer las cosas, probablemente intentando llenar ese vacío que cada dos por tres yo le decía que tenía… pero yo no lo soportaba, en el fondo no quería un padre que se preocupara por si comía o no, si me vestía de una manera o de otra. En mi defensa diré que yo era una niña, con 12 años aun no eres capaz de plantarle cara a los convencionalismos, aún no eres capaz de diferenciar entre lo que te dicen los demás que quieres y lo que de verdad quieres. Ser hija de padres separados no es fácil pero, como suele pasar, no por lo que se suele pensar, yo no quería que mis padres estuviesen juntos, eso no me dolía, lo que me dolía era ver cómo las personas cambiaban porque tu situación había cambiado, cómo te miran con pena, cómo te vaticinan una vida de sufrimiento, cómo intentan aconsejarte, sobreprotegerte… en mi defensa diré que aunque nadie lo decía con palabras mi entorno respiraba un: qué mal lo ha hecho tu padre… y ahora pienso en aquello y me doy cuenta de que yo me rebelé contra eso, que mi mal genio, mis malas contestaciones, mi rabia era contra eso, no contra la separación de mis padres… Cuando pasó aquella época, que “casualmente” terminó cuando lo conocí a Él, dejamos que la relación fluyese, nos tirábamos meses sin hablar, pero no desde el enfado, sino desde el aceptar lo que te pide el cuerpo, a mí no me apetecía llamarlo y él a mí tampoco, pero siempre llegaba un momento en que nos necesitábamos, nos encontrábamos en un punto clave de nuestras vidas y nos ayudábamos… con mi padre he tenido las mejores conversaciones del mundo, porque en ellas he olvidado que es mi padre, y él que soy su hija. Hemos sido dos personas ayudándose, escuchándose, comprendiéndose.


 Sinceramente, sigo creyendo que quiero a mi padre más que nadie, porque no lo juzgo, porque le arranqué todas esas etiquetas que llevaba puestas desde que nació. Mi padre es un alma libre al igual que lo soy yo, y no necesitamos más que nos entiendan y nos dejen volar a nuestra manera.


Ahora lo sé, yo siempre he comprendido a mi padre, estábamos destinados a querernos de manera distinta, y hoy por hoy lo puedo decir más segura que nunca. Desde niña lo endiosé, y lo hice porque ya veía su magia, veía lo increíble y hermoso que es, el error que cometí es que, conforme fui creciendo y me volví más humana, lo quise atrapar, porque eso es lo que hacemos los humanos con las cosas hermosas, las queremos atrapar y quedárnoslas para nosotros, sin preguntar, aunque eso las destruya.


Lo peor es que la relación con mi padre la he llevado un poco en secreto, y aún lo hago… no conté a nadie los viajes a Almería, no conté a nadie lo mucho que me reí cuando le dio por cantar “En el mundo de los gatos, Isidoro es un gato…” de mil maneras distintas y en bucle… aprendí a hacerlo así para evitar el juicio de los demás, para evitar que me juzgaran por disfrutar con él a pesar de lo “mal padre” que estaba siendo. Y es que las personas lo queremos todo, no nos conformamos con lo que nos quieran dar, exigimos y exigimos… como una persona nos haga sentir bien durante un tiempo lo agarramos y lo presionamos para que nos haga sentir así constantemente, en vez de quedarnos con esos tesoritos que da la vida, en vez de saborear lo bueno que ya tuvimos… Recuerdo un día de playa con 14 años, habíamos ido a Málaga a recoger a unos extranjeros, en verdad era un viaje de trabajo, pero por la mañana estuvimos jugando en la playa, los dos solos. Teníamos una pelota, jugamos a quitárnosla o a algo así, no lo recuerdo bien… Pero fue una mañana genial, estaba feliz. Recuerdo el viaje de vuelta enfurruñada por culpa de mi cabeza: “Me da migajas””No quería estar conmigo, solo que tenía que estar””Soy una carga para él””Su trabajo está antes que yo””Me quiere un rato y luego se le olvida””Yo quiero que sea como esta mañana siempre”. No sé si veis lo dañino que era eso para ambos… a él lo culpaba y yo me privaba de ser feliz, de ser feliz por lo genial que había sido el día, aunque a la vuelta el coche estuviese lleno de extranjeros ¡Qué más daba!. Mi padre me ha dado grandes momentos, momentos que solo le he contado a Él, pues es el único que no me creería una idiota por quererlo incondicionalmente, porque nadie entiende.


Me abrocho los cordones de la zapatilla y me doy cuenta de que lo echo de menos, pero ese echar de menos tranquilo y sereno, ese “ojalá pueda verlo pronto”, porque al fin puedo decir tranquila que, para mí, es el mejor padre del mundo… Me llevaba por las rocas de la playa a buscar charquitos para ver las anémonas, cogerme un cangrejito y que me correteara en la mano antes de volver a lanzarse al agua, mi padre me llevaba a Madrid y me dejaba elegir qué visitar, aunque eso significase tirarnos horas en el Corte Inglés probándome ropa, o comprar vinilos en una tienducha de un parking subterráneo, mi padre me llevaba a buscar ovnis, mi padre escucha mis sueños y, por muy de “Antoñita la fantástica” que parezcan, los hace suyos y me dice que los conseguiré, porque los dos somos unos soñadores que sueñan alto...  Mi padre es el mejor padre del mundo y merece saberlo.


 Y es que otro de los motivos que lo hacen ser el mejor padre del mundo es que sé con seguridad que va a leer esto con las mismas ganas y amor que lee todo lo que escribo.


Te quiero mucho papá