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miércoles, 29 de noviembre de 2017

Pensamientos

Sí, lo reconozco, a veces soy un poco idiota, más que idiota es que vivo tan en mi mundo que olvido ver cómo se trascriben mis palabras al exteriorizarlas a un mundo muy distinto. No, no me arrepiento de haber sacado de mí cada una de las palabras que saqué, pero ahora soy consciente de que existen ojos que las leen y no las comprenderán, porque una misma palabra puede significar muchas cosas si la impregnas de cada vivencia distinta, cada prejuicio, cada sentimiento. Hasta quien crea que me está entendiendo puede que no lo esté haciendo, solo interprete lo que necesita interpretar.


Si algo puedo atribuirme es que me he construido sola, si de algo puedo presumir es de haberme levantado más fuerte de cada tropiezo, de cada cura de humildad, de cada circunstancia adversa. He construido la vida que he deseado de la nada, sin nadie que me abriese el camino… el síndrome del pionero me acompaña a cada paso, y creo que así debería ser para todos pues cada vida, por mucho que se parezca, es distinta a las otras. No me siento capacitada para dar consejos a nadie, contesté cada uno de los correos que me llegaron pidiendo ayuda durante un tiempo, y me quedaba con un pellizco dentro. No es justo para mí, ni es justo para las personas que me escribían, yo no puedo darle a nadie qué hacer pues, suponiendo que llevase razón al 100%, la estoy privando de su descubrimiento, le estoy quitando la posibilidad de hacerse fuerte por sí misma. Porque no ha sido fácil, ni lo es, pero mi camino es tan sólido y maravilloso, que cómo quitarle a nadie la posibilidad de construirse solo. Como madre uno de los métodos que me encantan es el de la Disciplina Positiva, hay un lema del método que me he grabado a fuego “No rescates, empodera”. Son tres palabras que resumen tan bien el problema del mundo, lo que no hemos hecho, son tres palabras que se pueden aplicar a tantas situaciones, a tantas personas, contigo mismo… No podemos privar a nadie de frustrarse, de angustiarse, de enfrentarse a sus propios miedos, de romper sus propios muros, aunque la veas llorar y sangrar mientras. Claro que puedes acompañar, dar calor, poner una mano en el hombro, pero nunca debes intervenir, nunca debes darle unas directrices, pues quizá las mismas que te sirvieron a ti a ella no le sirvan o no es esa la manera de aprenderlas. Aplicado a esos correos que recibo pidiéndome consejo, ayuda… por más que me duela, por más que me den ganas de decir qué hacer, por más agradecida y emocionada que esté por esa enorme confianza depositada en mí, mi manera de acompañar, de dar calor es este blog, es haber contado mi historia a cara descubierta, es dar un lugar en el que ver que alguien lucha por ser libre, por muy incomprensible que sea esa libertad. No estáis solas ni solos, da igual si os sentís así por esa necesidad de entrega, porque no encontráis a la persona adecuada, porque no os gusta vuestro trabajo, vuestra vida… Este no es un blog de BDSM, jamás me cansaré de repetirlo, este es el blog de una persona que jamás se cansará de luchar por tener y disfrutar de la vida que siente que debe tener, el blog de una persona que no se conforma con menos, de alguien que se enfrenta a sí misma, a su ego, que llora, que se angustia, que no ha llegado a la meta porque sabe que no la hay, que hay que trabajarse cada día para pulirse y llegar donde cree que debe llegar.


Agradezco los correos, lo juro, y espero que nadie se sienta mal conmigo por esto, pero no puedo contestarlos, no tengo la autoridad, la energía, ni la potestad para hacerlo.


He decidido enfocar mi vida en mí, he decidido que ha llegado el momento de darme solo a mí, de elegir de verdad a quién darme. No, no ha pasado nada entre Él y yo, sigo siendo lo más Suya que puedo, pero es que no he parado de decir que hay que elegir a quién darse, y efectivamente en apariencia, en cuerpo, en actitud solo me daba a Él, pero la realidad es que mi energía la repartía sin ton ni son, se la daba a quien me la reclamaba, a todo el que yo consideraba que la necesitaba y he ido perdiendo y perdiendo fuerza en un sutil goteo que no he percibido hasta que no se me ha presentado una circunstancia familiar difícil que ha requerido mucho de mí. Y ha sido cuando al abrir el almacén he descubierto que estaba medio vacío, que iba a tener que compartir con esa persona lo poco que tenía. Sé que a veces puede costar entender de qué hablo, pero un ejemplo muy gráfico es que yendo al hospital me hice unas pequeñas rozaduras en los pies, nada muy importante, como las que me he hecho mil veces y que al día siguiente estaban curadas, pero esta vez se me infectaron de una manera desproporcionada, me echaba de todo y nada me curaba, las heridas seguían abiertas, supurando. Prácticamente no podía andar y se me saltaban las lágrimas cuando me ponía los zapatos. Un día mi hija vino a preguntarme algo y me encontró llorando como una niña pequeña sentada en el suelo porque me acababa de quitar la tirita. Me dolió horrores pues se había pegado, pero no lloraba solo por eso “¿Qué te pasa mamá?” “No puedo más, no sé qué me pasa, pero no puedo seguir, estoy agotada” Vino y me abrazó suavemente “Tranquila, no pasa nada”. Fue un abrazo tan cálido, me llenó y me dio un poco de energía, al menos la que necesitaba para continuar ese día… Supe que estaba pagando las consecuencias del derroche, que ahora era yo la que necesitaba que me dieran, incluso mi hija, cuando lo normal es que sea al revés. Ha pasado ya un mes de que comenzara esa circunstancia, ahora todo esta más tranquilo, ahora está en orden, pero aún tengo una herida feilla y con un poco de dolor, nada comparado con lo que fue, pero está para recordarme esa vez que repartí energía sin ser consciente de ello, sin guardarme para mí y para lo importante, esa vez que dejé a mi cuerpo sin la capacidad de sanarse, de regenerarse, de tal forma que estuve más de un mes para curar una simple y pequeña rozadura. Esa herida aún escuece a pesar de que ya he podido descansar, recuperar mi normalidad, pero está para que no olvide sacar una conclusión, que tome medidas para que no vuelva a pasar.


En este mes solo tenía energía para tirar malamente de mí y darle a la persona que realmente lo necesitaba. Nada para Él, nada para mis niñas, era una madre zombie, un animalillo que solo sabía acurrucarse y dormir al lado de su dueño. Aunque admiro lo fuertes que somos como familia, aunque admiro a mis hijas por tener esa autonomía, esa fortaleza que les hacía llevar la situación con normalidad y no reclamarme nada, aunque lo amo con todo mi corazón por comprenderme, por facilitarme la vida todo lo que puede y más, por cuidarme, por no pedir nada, por abrazarme cada noche y dejarme llorar en paz. Aunque esto me ha servido para corroborar lo maravillosos que son, no puedo evitar sacar la conclusión de que esto no puede volver a suceder, que ellos estarían más que dispuestos a ayudarme como lo han hecho, pero yo no quiero llegar al límite en el que me he visto. Por eso ahora sí que no me queda más remedio que dosificar mi energía, darla a quién yo quiero, a lo que yo considere que es realmente importante y sobretodo guardar para mí sin opción a coger de ahí ni un poquito para otra cosa. Al final, es cierto eso de que cuidarte tú es un acto de amor hacia los demás también.


Esto no son más que reflexiones que me han surgido, no sé ni por qué las comparto, bueno sí, porque debo seguir en mi eterna lucha de entender que este es mi blog y puedo publicar lo que quiera, aunque sea un cúmulo de pensamientos que aparentemente no son nada, pero es lo que ahora mismo tengo…

miércoles, 25 de octubre de 2017

Nana de otro tiempo

Dime si yo fui aquella que se desnudó en tu lecho, dime si yo fui aquella que sentiste tuya algún día. Esa a la que amaste en la hoguera y en el frío bosque. Dime bajito, susurrando, que yo fui aquella, por favor. Esa que consideraste tuya sin mediar palabra, sin que eso fuese especial, dime si fui aquella que poseíste porque era lo natural en aquel momento…


Susúrrame bajito y suave si ya nos conocemos, si besaste cada parte de mi cuerpo diciendo “Mía” tras cada beso… Sí lo fuiste, mis células te oyeron bien y lo recuerdan, aún lo recuerdan. Te llaman cada noche, añoran tus labios tiernos. Ojalá esa conexión en cada penetración, ojalá esos susurros lejanos en cada abrazo.


Te miro a los ojos y veo una historia que jamás conoceremos realmente, un mundo con unas normas más salvajes pero menos enrevesadas.


Dime si fui aquella que te amó y se entregó en plena libertad, sin juicios, sin miradas extrañas, dime que en alguna época tú y yo encajamos, dímelo por favor… dime que este tiempo no es nuestro tiempo, dime que en aquel lecho esto era más natural, más sencillo, que no había que explicar por qué deseo ser tuya, que tampoco había que explicar que aunque seas mío yo soy más tuya, porque no somos de la misma manera. Dime que no había que aclarar si eras de los que poseían o de los que se poseían.


Dime mi amor, dime que hubo un tiempo en el que todo era más basto pero más sencillo. Dime que hubo un tiempo en el que no tenía que explicar, en el que no tenía que etiquetarme…


Se oye una nana lejana de vez en cuando, una que nos canta a los dos, que nos cuenta la verdad de lo que somos, de lo que sentimos, de que este tiempo hay que vivirlo pero no es el nuestro, esa que nos canta que quizá ninguno lo sea, esa nana que nos dice que nos amemos de la forma que lo hacemos, que nos demos de la manera que deseemos, que te haga mío mientras soy más tuya que nunca, una nana que nos dice que nuestro hogar está en los brazos del otro, que en ellos podemos ser de verdad.


Los tiempos cambian, nuestros rostros cambian, nuestra voz, nuestras ropas, pero nosotros permanecemos, me lo susurra esa nana, esa que transmiten tus ojos cuando cabalgo sobre tus caderas, esa que sentimos fuerte en el pecho, que no es locura, ni cuento, esa que es pura verdad.


Dime que me besaste cada parte del cuerpo, que me besabas la espalda con un “Mía” tras cada beso. Dame tus labios, pósalos en mi piel por favor, hazme sentir, hazme ver esos mundos en los que fuimos, esos mundos en los que este amor no tenía nombre. Fóllame sin quitar tus ojos de los míos ¿Me ves? Dime quién soy.


La luna sonreirá por vernos de nuevo, la magia volverá a nosotros, esa magia que nacía de nuestra piel…

Sé rudo, sé tierno, sé mío, sé mi dueño, sé mi hogar. Y dímelo, dime tus secretos por favor, dime si yo fui aquella que se desnudó en tu lecho, dime si yo fui aquella que sentiste tuya algún día. Esa a la que amaste en la hoguera y en el frío bosque. Dime bajito, susurrando, que yo fui aquella, por favor…

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Como una loba salvaje

Y correr como una loba salvaje entre los árboles del bosque…

Hay veces que la piel quiere desgarrarse, como si algo quisiera salir de ti, sientes una presión por cada parte del cuerpo, un hormigueo por las extremidades, es una sensación única, un escalofrío que no lo es, pero se parece. EL pecho te late, la sangre te bulle y quieres salir de este cuerpo que te atrapa, quieres salir de esta carne que es tuya y a la vez no, de esta carne que eres tú, pero no eres realmente tú.


Hay veces que me paro a observar y no me siento de aquí, hay veces que tomo demasiada perspectiva, veo mi vida como si fuese una película, sabiendo que solo es una parte de lo que realmente es mi vida. EN los eones del tiempo, en el correr de un alma que no lo tiene una vida es solo un capítulo. Qué soy, madre, esposa, hija, sumisa, Ángela… y a la vez siento que realmente no soy nada de eso.


Tengo una imagen recurrente, la imagen del pinar que hay cerca de mi casa, con la luz de la tarde de un domingo traspasando las ramas, me veo caminando entre los troncos, sola, rozando las cortezas con suavidad, no para de venirme esa imagen, el olor de esa situación y ese escalofrío que no lo es vuelve a recorrerme. Quién soy, qué soy… soy todo y no soy nada. Qué críptico es todo, dónde tengo que ir, porqué no estoy allí la tarde de este domingo, por qué me resisto a algo tan sencillo como ir al pinar que está al lado de casa, por qué tengo miedo…


Algo me espera en otros lugares, lo siento muy dentro.


Qué difícil es esta sensación.

Algo dentro quiere desgarrar mi piel, ojalá dejarlo salir, convertirme en un hermoso lobo blanco corriendo en un bosque… Un día lo soñé, me vi cabalgando en un bosque, alguien quería sacarme de allí porque una manada de lobos blancos nos perseguía, pero yo los miraba y no sentía miedo, sentía alivio, existían, por fin podía verlos, no eran producto de mi imaginación, no eran cuentos ni leyendas, ahí estaban los lobos blancos entre esos troncos y yo quise ir con ellos. Me sentía libre cabalgando con ellos a ambos lados.


Algo dentro quiere salir, transformarse, correr como una loba salvaje entre los árboles del bosque.

lunes, 6 de febrero de 2017

El día que todo cambió

Supongo que los que me leéis desde hace mucho tiempo o los que ahora estén leyendo este blog desde el principio noteis que en un momento concreto mi tono cambió, mi perspectiva tomó otro rumbo, y quiero explicar qué pasó, no porque nadie me lo haya pedido, es algo que necesito hacer para hacerme entender, para dar un salto y que comprendáis por qué ahora enfoco la vida desde otro lugar.


Una de las dudas, por no decir LA DUDA más importante y que más me ha corroído desde que era niña era ¿Por qué soy sumisa? ¿Por qué necesito entregarme? El día que todo cambió fue el día en que di respuesta a esta pregunta.


Por otro lado también desde niña he tenido una lucha constante entre mis dos Ángelas, cosa que también habéis leído. Es como si la Ángela superficial hubiese sido mucho más predominante que la espiritual, aunque siempre ha estado ahí, saliendo a muy poquitos, sobre todo en los casos más extremos en los que la necesitaba para seguir adelante. Mis padres antes de tenerme y hasta que yo era muy pequeña estuvieron muy relacionados con temas de meditación y descubrimiento espiritual, yo de eso solo tengo leves recuerdos, como estar jugando en un campo de noche alrededor de unas personas sentadas en círculo,  el olor del centro budista de Oseling, participar en algunas de sus meditaciones pero más como un juego. Esos son recuerdos muy vagos, poco después, por circunstancias, ellos dejaron ese camino de manera tan activa. Mi madre sí seguía meditando, pero para mí siempre fueron sus asuntos, totalmente ajenos a mí, evidentemente algo me transmitía, pero yo lo adquiría de forma superficial, sin comprenderlo del todo, sin sentirlo. Siempre la vi como una persona muy superior a mí, así que di por hecho que jamás llegaría a su nivel. Así pasé mi vida, sintiéndome desconectada de mí y del mundo.


Cuando empecé a ser Suya eso empezó a desaparecer, entregarme me conectó a mí misma, pero cuando esa conexión fue fuerte llegué a las puertas de algo distinto. Las sesiones, los azotes, las bofetadas, el dolor, el sexo me empezó a traer otro tipo de sensaciones, más profundas, eran cosas extrañas, sentía que todo eso respondía a algo más pero no sabía qué era, estaba un poco perdida. Ahora sé que nada es casualidad, pero “por casualidad” en esos días fue el cumpleaños de mi prima y mi tía me dijo que debía hacer una cosa, era una meditación, una técnica para conectarnos con una onda cerebral más profunda que guarda recuerdos de otras vidas. Pensé que era un poco rollo, la verdad, pero soy una curiosa enfermiza y no tenía nada que perder, por probar no pasaba nada, sería pasar una mañana charlando con mi tía. Llegué esa mañana a su casa, era un día soleado de abril, no lo olvidaré jamás. Me senté en el sofá, mi tía se puso a mi lado, cerré los ojos y fui escuchando sus palabras, imaginando lo que me decía. He de decir que a pesar de que mi madre meditaba casi a diario yo no lo había hecho jamás, era reticente, me daba pereza… tras la meditación para conectarse con esa parte comenzamos a hablar. Es cierto que aunque tú tengas la sensación de estar normal, hablas de cosas de las que nunca has hablado y te repercuten de una forma distinta, pero tampoco fue algo que me impactara mucho, quizá podía ser que estuviese relajada y por ello me saliera hablar así. Tras un rato decidimos parar un poco a desayunar, aunque hagas cosas cotidianas se supone que sigues conectado con esa parte profunda de ti. Estaba comiéndome una tostada y charlando con mi tía sobre mi relación con Él, nada muy profundo, y de repente, como un golpe, una imagen vino a mí, fue un flash rápido, pero a la vez era una escena “larga”. Nos vi como dos luces, a Él y a mí, estábamos en un lugar anaranjado pero difuminado, y hablábamos sin hablar, Él me decía que yo necesitaba ayuda y Él me la iba a prestar, pero debía dejarme llevar, debía dejarme guiar… Todas las palabras que ponga ahora para explicar esa escena son añadidas, porque no hablábamos pero lo comprendí, pero no comprendido desde donde suelo comprender las cosas, tras un análisis de la situación, tras buscar posibilidades y quedarme con la que más me encaja, lo comprendí como si fuese una piedra que cayó sobre mí para no moverse más, sin poder dudar de su existencia, sin poder cuestionarme nada sobre ella. Jamás había imaginado eso, jamás había leído ni oído nada parecido… No puedo explicarlo, juro que no puedo. Aquel día mi vida cambió para siempre, la respuesta a por qué necesitaba entregarme estaba allí, era de locos, jamás la hubiese imaginado así, pero era esa, sin duda. Todo encajaba tan perfectamente, al fin podía dar explicación también a lo que sentí la primera vez que lo miré, por qué sentí que era el hombre de mi vida, por qué sentí una energía tan familiar, lo reconocí, supe que era Él porque lo conocía de antes.  Más tarde me llegó un libro sobre pactos prenatales, una persona en otra parte del mundo estaba investigando sobre algo que yo había sentido sin saber nada sobre ese asunto, es por esto que decidí sentir antes de leer, porque la certeza es distinta, el ego no puede confundirte dudando de si es real o es sugestión.


Aquel día una puerta se abrió, más bien explotó, lo que empecé a sentir y vivir a partir de ese momento es de película. Empezaron las “casualidades” extrañas, empezaron los recuerdos extraños, empezaron a llegar las certezas extrañas pero firmes… ese día dejé que saliera la Ángela escondida, esa que dejaba salir tan poquito, y ahora sé por qué, porque era una Ángela que me daba mucho miedo soltar. Pero esto es otro asunto…


Lo importante que quería transmitir es que el día que supe por qué necesitaba entregarme comprendí por qué decía todo lo que decía sobre sumisión, por qué me sentía ajena al BDSM, por qué para mí esto no iba de roles, ni de límites, por qué sabía que mi entrega solo podía ser Suya y de nadie más. Y es algo que sigo manteniendo con más fuerza aún, si algún día dejamos de estar juntos, por el motivo que sea, no podré pertenecer a otra persona, quizá pudiese tener pareja, pero no podría se sumisa de nadie, porque no soy sumisa, sólo necesitaba estar predispuesta a dejarme guiar por Él, porque así lo pactamos. No fue la entrega y después Él, fue la entrega por Él. La sexualidad solo es una parte de esa entrega, es una forma de facilitar las cosas, si Él no me dominase y yo no tuviese predisposición a darme todo sería mucho más difícil. Y esto también explica por qué me domina con esa facilidad, cómo me lleva donde quiere de una forma tan sencilla. Explica por qué desde que me domina soy más poderosa y libre, cómo ha ido limpiando ese manto gris que tenía mi alma, estaba sucia, perdida y atrapada, Él me ayudó, como prometió. Hay una frase de una canción de Depeche Mode, es una canción que le encanta “Welcome to my world”. Pues esa frase que tanto le gustaba es “I ride your broken wings” “Manejaré tus alas rotas” y es que así es como se siente y cómo me siento. Yo siempre me he visto como un demonio, pero Él me ha tratado como si fuese un ser precioso, un ángel que solo tiene las alas rotas y necesita que le marquen el camino porque lo ha perdido.


Esta es mi visión de por qué yo nací con la entrega en la sangre, pero os diré que estoy empezando a ver un patrón que se repite en muchas personas, son características que en principio parecen no tener relación pero que “casualmente” están ahí. Pero bueno, esto ya son otros asuntos, aunque puede que intente investigar en profundidad sobre ello.

lunes, 27 de junio de 2016

El Hada, el Guerrero y el endometrio

Hay sentimientos y sensaciones que no se pueden explicar, son como un pálpito en el pecho… estoy cansada de no tener palabras para explicarlas así que se me ha ocurrido que voy a empezar a escribir un cuento por cada una de ellas. Un cuento mágico, como si fuese una historia que sucede a la vez que las sentimos e incluso como si las sensaciones y los pálpitos fuesen resultado de ellas… Hoy hace 12 años que empezamos esta aventura que es estar juntos, 12 años que en aquel banco de aquel parque nos besamos por primera vez. Jamás olvidaré el sabor a menta y el olor a mora, jamás olvidaré aquella sensación. Él ha sido la intuición más mágica y nítida que he tenido, por ello se merece ser la primera, por eso se merece este primer cuento:


Él era un hombre sencillo, un hombre fuerte, de sonrisa deslumbrante, tenía el poder atrapado en sus dientes y sus dedos. Era un jinete de pistolas en la cintura, de espuelas de pinchos afilados. Era un aventurero que decidió explorar, un aventurero incansable e inquebrantable, jamás se daba por vencido. Era un hombre justo, un hombre de tierno abrazo y firme espada, un estudioso, inteligente, callado. Con un guiño dejaba los corazones entregados… Pero sobretodo Él era un Guerrero, sin armadura, sin honores, pero valiente y bravo.


Ella era una palomita, una zorra como pocas, una gata salvaje y un poco rabiosa. Ella era una bailarina de burdel, era una cameladora, con solo enseñar el tobillo tenía cliente asegurado en su lecho. Ella era una princesa egipcia llena de enigmas y misterio, en sus manos la suavidad y en su voz la magia negra. Ella era una ninfa asustada, se defendía atacando, era un ser perdido en los templos de la represión y la tristeza. Ella lloraba cada noche antes de dormir sobre un lecho de hojas, los mares estaban hechos de sus lágrimas, el sonido del viento de su lamento.


Él viajó por los confines del mundo, Él se recorrió cada montaña, cada ciudad, cada poblado, Él no lo sabía pero la buscaba a Ella, esperaba encontrarla en alguno de sus largos e increíbles viajes. Luchaba con dragones, con ninjas, domesticó a un lobo salvaje y enorme, durmió al calor de una manada de leones, la hidra casi acaba con Él, pero no tenía más cabezas que Él empeño.


Ella lloraba y cantaba, Ella embaucaba a los campesinos, los enroscaba entre sus piernas, los atrapaba en su magia para siempre, jamás volvían a ser los mismos. Incluso dicen que alguno murió de fiebres, de inanición, que a alguno vieron marchar de la mano del demonio por propia voluntad. Ella tenía la verdad del mundo atrapada en su coño... eso acababa con sus amantes.


Él estaba caminando, silvando despreocupado, tarareando alguna canción de las que se almacenaban en su mente y lo acompañaban en cada paso. Algo llamó su atención, era una mujer, en un campo recién segado, una mujer desnuda recostada entre las balas de paja. Sí, era Ella, corrió a su lado. Mientras corría iba desnudándose: la espada manchada de sangre de dragón le sobraba, la pistola que acabó con el monstruo de aquella cueva le estorbaba, el machete con el que se abría paso entre las hojas le pesaba, la ropa sucia llena de recuerdos se le antojaba lija sobre la piel… Y acabó desnudo, corriendo por el campo hasta Ella.


Cuando la chica abrió los ojos solo vio una silueta masculina con el sol detrás, sin inmutarse puso el brazo en la cara para evitar deslumbrarse, y separó las piernas para dejarlo entrar…


Sin saberlo se adentró en la mayor aventura jamás contada, puso Su polla a la entrada del jugoso órgano femenino y se abrió paso a través del frondoso y rubio bosque de su vello púbico, estaba lleno de magia, en cada rincón, tras cada árbol había un susurro, un susurro que le contaba la vida de aquella extraña hada que lo recibía con los ojos vacíos y tristes. Y, aunque algunas de esas palabras lo asustaron como no lo había hecho la más fiera de las bestias, siguió adelante y llegó a la orilla de sus labios superiores y al mar de sus labios inferiores, llegó a la humedad de las caracolas, a la brisa marina de su carne, al agua tibia de aquella sirena afónica. Y, aunque el mar se le antojó el más oscuro y profundo de todos los que había visitado, continuó sin vacilar. Arribó a la cueva de su vagina, una cueva pequeña y estrecha, una cueva cálida pero de apariencia tenebrosa, las lágrimas la pintaron de rojo sangre, los desgarros la llenaron de cicatrices, aparecían fantasmas tras los rincones, pero el aire seguía siendo templado y acogedor, la ternura lo envolvía a pesar de todo, y podría haberse quedado allí, pero decidió ir más allá. Era un explorador y acababa de descubir su tesoro, acababa de descubrir todo un mundo oculto, una ciudad secreta, una Atlantis dentro de esa muchacha. Así que escaló por la estrechura del cuello del utero, ese puente que le apretaba y parecía encogerse para cerrarle el paso. Al conseguir cruzarlo admiró la cosa más bonita que sus ojos jamás habían visto, era un valle, amplio, hermoso, recubierto de mullida hierba, adornado con aromáticas flores. Admiró la belleza y decidió en décimas de segundo quedarse allí, anidar en aquel endometrio que parecía llevar toda la vida esperándolo. En cuanto lo hizo algo explotó, una magia, un orgasmo conjunto los llenó, les recorrió las venas, les tensó los músculos, les expandió el cerebro, se materializó en sus ojos al mirarse, se habían encontrado, el Hada y el Guerrero se habían encontrado…


La mora invadió el aire, sus narices. La menta sus bocas.