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miércoles, 10 de enero de 2018

No renaceré, seguiré siendo

Hace unas semanas estaba un poco agobiada, no sabía qué escribir, sobre qué hablar, me sentía de nuevo en ese bloqueo que me viene cada cierto tiempo... Como si tuviese mil historias que quieren salir pero el miedo las atasca. Esta vez abrí la carpeta donde guardo todo lo que escribo. En ella hay mil textos empezados, relatos que en su momento no publiqué, frases, párrafos perdidos etc. Abrí el primero que pillé, no tenía ni idea de lo que era... y allí estaba este texto que me dio la vida, que me emocionó muchísimo, sabía que lo había escrito yo pero no lo percibí así en aquel momento, casi podría decir que lo escribí para leerlo en el futuro, como si fuese dos personas y me hubiese dejado un regalo de cumpleaños preparado... Me parece el cuento perfecto para iniciar el 2018 en el blog, un año en el que quiero avanzar con este proyecto, cambiar al fin esas cosas que llevo mucho queriendo cambiar, una de ellas escribir y publicar sin ningún miedo ¿Lo conseguiré al fin? Esta entrada es un pasito, en su día no la publiqué este porque tuve miedo... Justo hoy me quitan un bulto en el labio con el que llevo varios años, ya me lo extirparon pero me volvió a salir. Os cuento esto porque siempre he creído que mis problemas físicos son reflejo de lo que tengo por dentro. Ese bulto lo tengo desde que empecé a escribir de forma pública, es un bulto que me incomoda cuando me expreso, que creo que miran todos cuando hablo, me hace sentir observada, me recuerda constantemente que lo que digo se escucha con el consecuente miedo a qué pensará el receptor de lo que digo. Hoy me quito ese bulto y voy a trabajar duro para que no vuelva a salir, voy extirparme también el miedo que simboliza.


Renaissance - Paolo Buonvino & Skin

La anciana estaba tumbada en el suelo sobre unas pieles. Medio incorporada miraba el fuego. Aquella noche la tribu estaba callada, no retumbaban los tambores, no sonaban las flautas, nadie cantaba… Todos estaban paralizados mirando a la vieja. Ella miraba el fuego, sabía que esa noche era la noche, todos lo sabían. Era el momento de pasar el testigo, sus vaticinios, sus consejos, sus cánticos ya se habían agotado. Miraba el fuego sin miedo, sin pensar en nada más, solo miraba el fuego hasta que las llamas se transformaron en imágenes, se contorneaban como una mujer, una mujer que entraba lentamente en un lago, desnuda, con su largo y moreno pelo cubriéndole los pechos. La noche hacía que el agua fuese negra, tan solo el reflejo de una enorme luna llena flotaba en la superficie. Y allí se dirigía la mujer, nadando despacio, lento para no mover las aguas y emborronar el reflejo del astro. La vio cerrar los ojos y dejarse flotar con los brazos y piernas extendidos, la sintió unirse con la luz de esa luna, la sintió salirse de su propio cuerpo al igual que hacía la anciana en ese momento, la sintió viajar por los siglos. La sintió cuando se convirtió en una chica menuda, de pelo castaño que cabalgaba sobre las caderas de un hombre, en una cama, una noche de luna llena. También sintió a aquella muchacha, la sintió cuando la sensación de ser un trozo de luz de luna la invadió, la notó sentirse mágica y plena, notó cuando esa chica comprendió que era pura luz de luna, tan grande y potente. Tan poderosa que su misión era darse, notó cómo la chica comprendió lo que estaba dando a aquel hombre, cuando comprendió de qué forma estaban conectados ambos, cuando entendió el equilibrio entre dar y recibir, cuando comprendió su entrega, su sumisión, cuando entendió que para liberar su poder, para llevarlo a su máxima expresión debía darse, debía liberarse de su propio cuerpo, entregárselo a otra persona, a una persona que supiera qué tesoro estaba cuidando, que tuviese mano dura cuando lo humano la presionara, mano dura para quitarle todo aquello que la alejaba de su origen, de su magia. Tenía que dejar que otra persona la llevase, le quitase la carga humana, esa de ser lo que has encarnado ser. La anciana sintió cómo aquella chica lejana en los tiempos se empoderaba con todo el camino ya recorrido, cuando era capaz de comprender quién y qué era. Esa anciana notó cómo aquella chica que cabalgaba sobre las caderas de un hombre en la oscuridad de la noche se sentía con el cabello más oscuro, con las caderas más anchas, cómo no se sentía en una cama sino en un bosque, cómo se percibía con unos ojos más grandes, con una fuerza y carácter distintos, sintió cómo se contorneaba de una forma diferente, cómo la guiaba una fuerza más salvaje… La anciana vio cómo aquella que flotaba en el lago sentía a la muchacha que cabalgaba y cómo flotando en el lago se sintió más vieja, cómo le brotaban de los labios unos cánticos que jamás había oído, cómo escuchaba tambores que no estaban en aquel silencioso bosque, sino en ella.


La anciana salió del trance, volvió a ver solo llamas en la hoguera. Miró a su pueblo: no os apenéis por mí, no me voy, la muerte no es el fin de nada, soy una anciana que muere, pero también soy una mujer que flota, una chica que cabalga... No voy a renacer, solo seguiré siendo. Estoy sobre estas pieles y en mil lugares más. Hay una mujer que flota que escucha tambores, hay una chica que cabalga que desde niña se sintió vieja. Todas somos la misma, no renaceré, solo seguiré siendo…


La sabia anciana cayó sobre las suaves pieles, su cuerpo quedó allí vacío, ese disfraz ya no aguantaba más remiendos.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Nana de otro tiempo

Dime si yo fui aquella que se desnudó en tu lecho, dime si yo fui aquella que sentiste tuya algún día. Esa a la que amaste en la hoguera y en el frío bosque. Dime bajito, susurrando, que yo fui aquella, por favor. Esa que consideraste tuya sin mediar palabra, sin que eso fuese especial, dime si fui aquella que poseíste porque era lo natural en aquel momento…


Susúrrame bajito y suave si ya nos conocemos, si besaste cada parte de mi cuerpo diciendo “Mía” tras cada beso… Sí lo fuiste, mis células te oyeron bien y lo recuerdan, aún lo recuerdan. Te llaman cada noche, añoran tus labios tiernos. Ojalá esa conexión en cada penetración, ojalá esos susurros lejanos en cada abrazo.


Te miro a los ojos y veo una historia que jamás conoceremos realmente, un mundo con unas normas más salvajes pero menos enrevesadas.


Dime si fui aquella que te amó y se entregó en plena libertad, sin juicios, sin miradas extrañas, dime que en alguna época tú y yo encajamos, dímelo por favor… dime que este tiempo no es nuestro tiempo, dime que en aquel lecho esto era más natural, más sencillo, que no había que explicar por qué deseo ser tuya, que tampoco había que explicar que aunque seas mío yo soy más tuya, porque no somos de la misma manera. Dime que no había que aclarar si eras de los que poseían o de los que se poseían.


Dime mi amor, dime que hubo un tiempo en el que todo era más basto pero más sencillo. Dime que hubo un tiempo en el que no tenía que explicar, en el que no tenía que etiquetarme…


Se oye una nana lejana de vez en cuando, una que nos canta a los dos, que nos cuenta la verdad de lo que somos, de lo que sentimos, de que este tiempo hay que vivirlo pero no es el nuestro, esa que nos canta que quizá ninguno lo sea, esa nana que nos dice que nos amemos de la forma que lo hacemos, que nos demos de la manera que deseemos, que te haga mío mientras soy más tuya que nunca, una nana que nos dice que nuestro hogar está en los brazos del otro, que en ellos podemos ser de verdad.


Los tiempos cambian, nuestros rostros cambian, nuestra voz, nuestras ropas, pero nosotros permanecemos, me lo susurra esa nana, esa que transmiten tus ojos cuando cabalgo sobre tus caderas, esa que sentimos fuerte en el pecho, que no es locura, ni cuento, esa que es pura verdad.


Dime que me besaste cada parte del cuerpo, que me besabas la espalda con un “Mía” tras cada beso. Dame tus labios, pósalos en mi piel por favor, hazme sentir, hazme ver esos mundos en los que fuimos, esos mundos en los que este amor no tenía nombre. Fóllame sin quitar tus ojos de los míos ¿Me ves? Dime quién soy.


La luna sonreirá por vernos de nuevo, la magia volverá a nosotros, esa magia que nacía de nuestra piel…

Sé rudo, sé tierno, sé mío, sé mi dueño, sé mi hogar. Y dímelo, dime tus secretos por favor, dime si yo fui aquella que se desnudó en tu lecho, dime si yo fui aquella que sentiste tuya algún día. Esa a la que amaste en la hoguera y en el frío bosque. Dime bajito, susurrando, que yo fui aquella, por favor…

miércoles, 30 de agosto de 2017

La diosa y el mortal

Renaissance - Paolo Buonvino & Skin






       La diosa se iba acercando lentamente, desnuda, con el pelo largo cubriéndole los pechos. Él estaba tumbado en la verde hierba. El cuerpo de mujer resplandecía en la noche, su mirada estremecía al joven, le erizaba la piel y encendía su deseo. Ella se arrodilló a sus pies y fue deslizando el cuerpo hasta tenerlo frente a frente. Inició los movimientos, bajaba hasta tener su polla en el esternón e iba rozando la barriga hasta llegar a su monte de Venus. Era una diosa y sabía cómo volver loco a un hombre, cómo darle placer con cada parte de su cuerpo, cómo respirar para que hasta su ombligo estimulara el miembro del mortal. Sabía cómo besarlo con los labios ligeramente húmedos, lo suficiente para que imaginase el placer de los fluidos pero sin llegar a saborearlos. El deseo, la clave estaba en el deseo, en llevarlo al límite de anhelar tanto su cuerpo, sus entrañas, su flujo, que cuando solo la punta del mienbro se adentrase entre sus piernas él ya estuviese gimiendo de placer. Y entonces iniciaba el baile, su movimiento de caderas, entonces se sentía más poderosa que nunca cabalgando sobre un pobre mortal que nada podía hacer más que deleitarse con los contoneos de la diosa. Y es que ella lo era, era una diosa menor, pero una diosa al fin y al cabo, hermana de las ninfas, contraria al Olimpo y sus banquetes, adicta a la tierra y sus habitantes. Pasaba los días entre los humanos, disfrazada como una de ellos, vagando de ciudad en ciudad, viviendo en los campos y los bosques. Había poseído a múltiples mortales, hombres y mujeres. Los escogía guiada por su instinto, a veces lo hacía por mera diversión, por atracción, pero la mayoría de veces lo hacía por darles una chispa de divinidad a unos ojos que en su opinión lo merecían y necesitaban, unos instantes que eran una llave, algo a lo que recurrir en los momentos de soledad y angustia, les enseñaba la magia para que la conservaran hasta que sus hilos se cortaran. No amaba a ninguno y los amaba a todos. A eso dedicaba su inmortalidad, a vagar de un lugar a otro, saboreando los placeres terrenales y los divinos, libre y poderosa. Pero aquel mortal era distinto, aquel mortal tenía algo de divino, tenía algo en la mirada que la enternecía y a la par la hacía temblar. Aquel hombre había cambiado su mundo, quizá por él vagaba, quizá en su búsqueda… Y allí estaba dándole lo que le daba a todos, haciéndolo estremecer de placer divino, enseñándole lo poderosa que era, sacándole esa mirada, esa de “te adoro”, pero ella no quería solo eso. Se echó hacia delante, con su pelo creó una burbuja, la luz de la luna entraba por los mechones creando reflejos en sus rostros, no dijeron nada pero se miraron como nunca nadie los había mirado. Se besaron, se amaron, él la agarró de la nuca con determinación pero con ternura y la apretó mientras la penetraba. De repente ella paró, lo cogió de la mano “Sígueme”. Anduvieron por el bosque un poco, desnudos y en silencio. Entre unas rocas se vislumbró la entrada de una cueva, era su cueva, la cueva de la diosa, su templo, donde más poder tenía. Hubiese fulminado a cualquier mortal que hubiese osado cruzado el umbral, pero a él le pidió que no tuviese miedo, que la siguiese dentro. Ella se tumbó en el frío suelo y se abrió de piernas. “Hazme tuya, no deseo ser diosa a tu lado, hazme sentir vulnerable y pequeña. Ante ti apagaré mis vientos, apagaré mis iras, mi magia, mi poder”. Él se arrodilló ante ella, puso su miembro en la entrada del divino y virgen culo, y la penetró lento pero sin pausa. Ella se quejó, las lágrimas brotaron pero no dijo nada. Los ojos del mortal habían cambiado, eran más oscuros, casi no podían distinguirse las pupilas, el gesto, el cuerpo le pareció más grande y fuerte a la diosa que ya no se sentía como tal. Los movimientos aumentaron mientras ella se sentía menguar, mientras ella se sentía como jamás se sintió “Hoy me entrego a ti, en esta cueva donde más poder tengo te dejo que me lo arrebates, seré una diosa para el resto de los mortales, pero ante ti y solo ante ti me someto. En esta cueva me haré vulnerable, entre tus brazos dejaré de ser inmortal, podrás hacer conmigo lo que desees, pero prométeme una cosa, jamás dejarás que nadie entre aquí, si fuese tu deseo que eso ocurriese yo acataría sin chistar, pero ojalá entiendas lo que esto significa ¿Podrías concederme este deseo? ¿Puedes hacerte dueño de esta magia? ¿De este agujero por el que ahora me penetras? Puedo dar a los mortales, puedo dejar que me follen, puedo obedecerles pero no puedo someterme a ellos, sólo ante ti” dijo entre lágrimas “No temas mi diosa, serás mía y solo mía, ese es mi privilegio, solo yo te dominaré sabiéndome afortunado por poseer un tesoro tan valioso, te someteré sabiéndome un privilegiado, te amaré mientras derramo tus lágrimas como nadie jamás te amará” la comenzó a penetrar cada vez más fuerte, ella gemía loca de placer y dolor, llena de curiosidad ante estas nuevas sensaciones, lo miraba, sentía el peso de su cuerpo como nunca había sentido otro cuerpo, hasta que estalló en un orgasmo salvaje mientras era consciente de que los papeles se habían invertido, que aquel mortal se había convertido en su dios.


Y así en aquella noche todo se mezcló, la diosa se hizo un poco más mortal, y el mortal más dios, aquella noche todo se convirtió en algo extraño, una magia rara que los unía para siempre, que los volvía locos de amor, de entrega y pertenencia. ¿Quién era la diosa? ¿Quién era ahora el dios? ¿Cuál de los dos tenía más poder? ¿Cuál de los dos temblaba más por el otro? ¿El humano por saberse poseedor de una diosa? ¿O la diosa por admirar tanto al humano que se merecía poseerla?

miércoles, 28 de junio de 2017

Los colores de tu mundo

Colours - Donovan

Caminaba cierto día por el desierto de tu barriga, sediento venía de las suaves dunas que son tus pechos, mordí en ellas la arena, agarré fuerte los granos que se escapaban entre mis manos. No quemaba, era templada, cálida y acogedora, esa arena es mi hogar, esos pezones son mi asiento. Caminaba cierto día sediento por el desierto que es tu barriga, cuando tropecé y caí en el pozo de tu ombligo. No había agua, era solo hueco, pero agradecí el frescor de su profundidad, cogí fuerzas para subir y regresar al camino para saciar mi sed. Subí la suave inclinación de tu monte de Venus, qué colina tan hermosa, hecha de tierna tierra que al tumbarte se amolda a tu cuerpo, ternura que al tumbarte te hace sentir que flotas. Podría haberme quedado allí, pero yo quería el agua sagrada que tienes entre tus piernas, quería saciarme allí, anidar entre tus labios, dormir con la cabeza en tu clítoris, arropado con tu suave piel…


Caminaba cierto día por tu cuerpo, lúcido pero sediento de ti, pensaba, divagaba: Y es que eres mi mundo, un mundo complejo y hermoso, con el desierto de tu tronco, la colina de tu pubis, la cueva entre las piernas, el estrecho túnel que es tu culo, el hermoso y salvaje bosque de tu pelo, el mar de tu boca… Déjame vivir aquí, yo te habito porque tú lo permites, déjame vivir aquí. Construiré una cabaña en tus nalgas, las araré, haré surcos en ellas para que crezca mi trigo, para que crezcas, para que me alimentes. Sé mi Ceres, sé mi Diosa, yo te rendiré culto en el altar de tu nuca, ese que besaré para que te estremezcas… déjame hacerme viejo explorando tu cuerpo, no moriré sin haber descubierto cada uno de tus lunares, ese es el oro que das. Déjame andarte, déjame entrar en tus recovecos, déjame descubrir tus misterios, esos que van más allá de tu corteza. Déjame acurrucarme en el hueco de tu clavícula cuando esté triste, déjame morder tu carne cuando esté enfadado, pues saborearte es mi calma, dame ese trocito de ti, por favor… y déjame sufrirte, padecer el terremoto de tus temblores, las sacudidas de tus escalofríos. Ahógame con tus lágrimas, hazme temer el sonido de tus de tus lamentos, me refugiaré entre tus dedos cuando vengan los huracanes de tus miedos, el tornado de tu dolor…


Caminaba cierto día por el cauce de la columna en tu espalda, me dirigía a tu rostro, quería asomarme a tus ojos, me senté en la punta de tu nariz a observarlos. Me daba vértigo su profundidad ¿Hasta dónde llegarían? ¿Cuántas cosas que no entiendo hay en ellos? Miraba fijamente cuando un destello inmenso salió de ellos y me dejó ciego. Lloré, lloré mucho. Ya no podría ver tus dunas, tus sonrisas, ya no podría ver los surcos de tus nalgas…


Gateaba cierto día por el desierto de tu barriga, subía hacia tu cuello, palpando pues no podía ver. Sentí la templanza de tus pechos como nunca lo había hecho, avancé y llegué al esternón, allí pegué la oreja al suelo y a través de la piel escuché tu corazón como jamás lo había hecho, era el sonido de mi mundo, era la música de mi vida…


Gateaba cierto día por el desierto que es tu barriga, ciego y feliz, había comprendido que a ti no hay que adorarte, no hay que verte, ni beberte, a ti hay que vivirte.

martes, 21 de marzo de 2017

La leyenda del lago

Había una pequeña cabaña de madera cerca de un lago, había un pequeño sueño cerca de un lago.


Te dije que estaría a tu lado para siempre, que pasase lo que pasase estaría aquí.


Había una pequeña cabaña de madera cerca de un lago, de su chimenea salía humo, había un perro Labrador en la puerta, al sol, era color canela y movía el rabo cada vez que nos veía llegar.


Te dije que de la adversidad sacaríamos los mejores recuerdos, que nuestra vida sería preciosa por muchas batallas que tuviésemos que batir.


Había una pequeña cabaña de madera cerca de un lago, al entrar notabas el olor a leña, el olor a hogar. Cerca de la lumbre había un cesto con mantas, esas de cuadros rojos de toda la vida, esas mantas que nos echábamos para tapar nuestros cuerpos desnudos, esas que nos cubrían cuando nos quedábamos embobados mirando el fuego tras hacer el amor.


Te dije que mi mano no soltaría la tuya jamás, te prometí que llenaría tu cuerpo de besos cuando te doliese la carne, te juré que besaría tus labios incluso cuando no fueses capaz de valorar el sabor de mis besos. Te dije que te amaría eternamente. Te dije que cada día encontraría un motivo por el que sonreír.


Había una pequeña cabaña de madera cerca de un lago, en ella había una gran cama con las sábanas revueltas, con la almohada empapada en sudor, con el colchón acumulando crujidos y gemidos. Había una cama en la que te amaba día y noche, en la que me conectaba al calor de tus entrañas, a la luz de tu alma, un colchón en el que te tocaba el alma tan fácilmente que asustaba. Había una cama en la te miraba a los ojos, en la que tú me devolvías la mirada mientras me derramaba dentro de ti, mientras te fecundaba el vientre.


Te dije que jamás dejaría de pelear por nuestro sueño, te dije que mantenerte viva era parte imprescindible de él, que lo conseguiría, te dije…


Había una cabaña de madera cerca de un lago, las montañas se reflejaban en el agua, los niños correteaban en la orilla con el perro ladrando a su alrededor, había pies descalzos y sonrisas grandes y brillantes, había mellas, biberones y teta, había juegos y carcajadas. Había una cabaña ajena al mundo, escondida en una montaña, una cabaña autosuficiente, que no necesitaba nada más que amor para existir. Ay, había una cabaña tan hermosa cerca de un lago…


Te dije que lloraría a tu lado, que limpiaría tu cuerpo cada vez que lo necesitases, te dije que velaría tu sueño para ahuyentar pesadillas, te dije que te amaría, joder, que te amaría tanto que podría salvarte. Te juré que no renunciaría jamás a tu vida…


Recuerdo el día, el momento y el segundo en el que me miraste y me hablaste: “No hay cabaña de madera cerca de un lago, no hay perro, no hay niños, ni hay leña ardiendo en el hogar. No hay sexo en esa cama de sábanas blancas, esas mantas rojas no existen… pero sé que hay amor, eso siempre lo ha habido, lo sé cariño, pero por eso debes dejarme ir. Quiéreme tanto como para renunciar a tus promesas, ámame tanto como para renunciar a nuestro sueño y déjame morir”.


Hay una cabaña de madera cerca de un lago, en la puerta hay una hermosa perra Labrador color canela, de la chimenea sale humo. Hay una pequeña cabaña de madera cerca de un lago habitada por un anciano fuerte y robusto, con una mirada llena de paz, de amor. Una cabaña con una barquita en la orilla, barca con la que este viejo que aún te ama navega cada día por ese lago que es tu tumba, en el que tú habitas desde que tus cenizas se hundieron en él. Porque perdóname, mi amor era tan fuerte como para dejarte, pero lo suficientemente débil como para no renunciar a nuestro sueño. Perdóname mi vida, pero aún mantengo algunas de las promesas que te hice, navego como si agarrase tu mano, cada día busco un motivo para sonreír, aunque muchas veces sea que se acerca el día en que volver a encontrarnos.


Hay una pequeña cabaña cerca de un lago, cuentan las leyendas que está encantada, que las noches de Luna llena de la chimenea sale humo, se escuchan ladridos, risas alegres de niños y la bruja del lago se aparece cuando la sombra de un viejo se acerca a la orilla…


Hay una pequeña cabaña de madera cerca de un lago, hay un pequeño sueño cerca de un lago.

martes, 7 de marzo de 2017

El viejo Amo

Cortaba las verduras meticulosamente, ensimismada, poniendo la atención necesaria para no cortarse. Una rodaja de calabacín, otra, otra, otra… estaba tan en su mundo que no notó que Él había entrado a la cocina, no se dio cuenta hasta que notó Sus manos subiendo por sus muslos. Paró en seco ante el tacto de Su piel, se quedó petrificada. Las manos subieron hasta poder penetrarla con los dedos. Ella echó la cabeza para atrás, dejó el cuchillo a un lado y se entregó al disfrute...


Ava Adore - The Smashing Pumpkins


¿Recuerdas aquel día en la cocina? Mientras cortabas las verduras para el guiso y yo llegué por detrás, te agarré tus tersos muslos con fuerza, los pellizqué como solía hacerlo ¿Recuerdas tus gemidos entre mis dedos, recuerdas cómo los mojabas? Y ahora estás seca, seca y vacía. Hace mucho que no pruebo tu sabor, hace tanto que no muerdo tu carne, pero es que ni tú tienes ya carne, ni yo dientes, tu eres pellejo y yo… ¿Recuerdas cómo te estremecías cuando escuchabas la hebilla de mi cinturón? Recuerdas ese día, sí ese en la cocina, que pasé mi correa por tu cuello, que la apreté lo justo para que sintieses la presión, para que notases el palpitar de tu corazón en cada poro de tu piel… ¿Recuerdas cómo lamía tu oreja desde atrás, cómo te susurraba que eras mía, solo mía? Te estremecías de una manera tan deliciosa. Estábamos llenos de vida y pasión, tú creías morir de placer, de asfixia, de vida… ¿Recuerdas cómo te follé en la encimera? Tirando de la correa que rodeaba tu delicado cuello ¿Recuerdas cómo te clavabas los huesos de las caderas contra el granito?¿Recuerdas cómo las verduras acabaron esparcidas por el suelo, por el fregadero? ¡Qué imagen tan encantadora! Tú corriéndote sobre la comida, babeando como una zorra sobre el cuchillo. Qué hermoso fue correrme en tus entrañas, llenarlas de mí, conquistando cada recoveco de tu coñito que era fruta tierna y madura, fruta que abrazaba mi polla dura, llena de sangre, de vida… Y ahora… ahora ya no eres fruta, no eres vida, estás seca y yo… a mí ya sabes que no se me levanta desde hace mucho.


¿Recuerdas tesoro? ¿Nos recuerdas desnudos frente a la chimenea? Yo sentado en mi mecedora y tú con la cabeza apoyada en mi regazo ¿Recuerdas cómo era el tacto de mis dedos en tu suave pelo? ¿Recuerdas cómo era ser mi perra? ¿Recuerdas lo que era la vida? ¿Recuerdas lo felices que éramos? No, ya estás seca, estás seca de sangre flujo y recuerdos.


Tienes la mirada perdida, noto que me miras y no me ves. Hace mucho que no puedo exigirte, que no puedo mandarte, hace mucho que lo único que puedo hacer por ti es cuidarte, acariciarte la cabeza pero esta vez de ternura, limpia y sin intención. Sigues siendo mi perrita, una perrita perdida y anciana, una perrita que ya no ve, casi no oye y no recuerda. Pero sigo siendo tu dueño aunque haga mucho que no te folle. Aquí sigo mi amor, a tu lado, da igual que tu carne ahora sea pellejo, da igual que mis dientes ya no estén para marcar tu carne, aquí sigo a tu lado mi vida, no te abandoné, espero que puedas ser consciente de ello, espero que en el fondo de esa cabecita ya perdida, haya una neurona que sea consciente de que tu Amo estuvo contigo hasta el último suspiro, que te limpió, te mi mimó, te agarró la mano mientras te perdías sin que yo pudiera hacer nada. Y no lo sabes tesoro, no sabes lo terrible que es haberte guiado, saber que yo tiraba de tu mano, y ver cómo te ibas sola sin que yo pudiese ordenarte parar… a quién quiero engañar, sí te lo ordenaba, pero tú ya no podías obedecerme. El día que comprendí que ahora era yo el que tenía que quedarme a los pies de tu cama, que ahora era yo el que debía apoyar mi cabeza en tu regazo, que tú ya no lo harías más, el día que supe que no volverías a llamarme Amo, comprendí que serlo no era una respuesta a tu comportamiento, comprendí que no importaba que tú no volvieses a reconocerme como tal, comprendí que yo soy tu dueño inevitablemente y hasta el final… Así que aquí estoy mi vida, viendo cómo te consumes, viendo la hermosura de tus ojos ya vidriosos, llorando mientras recuerdo cómo éramos antes, contándotelo en un intento de que salgas de tu letargo, que algo te haga volver… Qué triste es esto ¿Por qué no podía durar eternamente?¿Por qué no pudo ser así hasta el final? No te preocupes tesoro, lo único que deseo de corazón es que de verdad no recuerdes todo lo que te cuento, porque nunca me gustó verte triste y sé que si lo recordaras te pondrías tremendamente triste, te sentirías realmente mal por no poder reconocerme, por no poder llamarme Amo.


Y al final me convertí en uno de ellos, en uno de esos ancianos que se levantan para cuidar de su animalillo, que creen que cuidan de su vieja perra sin querer enfrentarse a la realidad: Cuando la perra muera, morirá el Amo…


¿Recuerdas tesoro? ¿Recuerdas aquel día que tú partías verduras en la cocina?¿Recuerdas el tacto de la correa en tu cuello?¿Recuerdas cómo te follé contra la encimera?¿Recuerdas que acabamos comiendo pizza frente a la chimenea?¿Me recuerdas, mi vida?

lunes, 13 de febrero de 2017

La primera bruja

Allí estaba ella sintiendo el calor en su rostro, el fuego de la chimenea reflejado en sus ojos, con su taza de barro, con la infusión bajando por la garganta. La luz de la Luna llena entraba por la ventana de la cabaña.


La puerta sonó, ella no se asustó, sabía que escucharía ese sonido, esa noche, sabía quién estaba al otro lado. Abrió despacio pero sin dudar “Hay Luna llena” dijo el hombre que aguardaba en el umbral. Ella extendió la mano para agarrarlo y llevarlo a la cama cubierta de pieles, como era costumbre cada Luna llena. Pero esta vez él apartó la mano, la agarró de la nuca y la tumbó allí mismo.


Sentía la tierra del bosque en su espalda, sentía las embestidas en las entrañas, sentía la luz de la Luna bañándole la cara. Esa luz, el silencio de la noche, el olor de aquel hombre, ese hombre del que desconocía por completo nombre, profesión o vida, ese hombre que la follaba cada Luna llena desde que aquella lejana noche se encontraran en el bosque, desde esa noche que pareció un sueño, un remanso de paz en una vida dura, en una vida de soledad y rechazo. Desde aquella lejana noche establecieron un pacto sin palabras. Pero esta vez era distinto, la Luna brillaba más que nunca, el cielo y el suelo estaban más vivos que nunca. Él la poseía con un brío especial, la miraba a los ojos y ella podía ver en su negrura la profundidad de esta, podía ver la sabiduría de aquel hombre rudo, una sabiduría que él mismo ignoraba pero que ella reconocía… Cuando el orgasmo se acercaba entró en una especie de trance, sentía la conexión con él, con la vida, con la magia, sentía la conexión… él se derramó en su vientre, ella gritó de éxtasis y rabia. La misma que unos segundos después invadió sus ojos, y encendió su melena. Lo empujó enfadada, iracunda, lo sacó de ella sin un ápice de la ternura que acostumbraba a tener hacia él. Le gritó que se fuese, que no volviera nunca más, enfadada y llorando a borbotones lo expulsó de su cuerpo y su casa. El hombre la miraba serio mientras se alejaba subiéndose los pantalones. En cuanto no era más que una sombra en la lejanía se rompió agarrándose el vientre, cayó de rodillas y hecha un ovillo pasó lo que quedaba de noche maldiciendo al hombre, a la Luna, maldiciéndose a ella misma…


Cuando el primer rayo del amanecer iluminó su rostro, se levantó, se secó las mejillas y aceptó su destino, aceptó ese camino que siempre supo que debía seguir, por mucho que le doliese o aterrase. Respiró profundo y se dispuso a hacer un pequeño macuto con comida y algunas pertenencias. Al cerrar la puerta del que había sido su solitario hogar pensó en él, en cómo lo reconoció, cómo sabía que sería el que la haría tocar el cielo con la punta de los dedos, y cómo sería él el que la llevase a su terrible, aunque necesario, destino. Lo amaba, eso nunca se lo dijo, lo amaba con toda su alma, ella le pertenecía como ya le perteneció en otra vida más lejana,  por eso desde el primer momento se entregó a él, le salía natural… pero esta no era vida para el amor, al menos no de ese tipo, esta no era vida para la convivencia y el matrimonio, esta no era vida para la esclavitud, aunque fuese de amor. Esta era vida de reencuentros fugaces, de pactos de pequeña duración, para ella esta era una vida de soledad femenina. Si él hubiese sabido que una vez al mes le sabía a muy poco, que deseaba yacer cada una de las noches de su vida a su lado… Ay, si él hubiese sabido que por muy ruda y áspera que pareciese estaba llena de amor por él, de un amor único y mágico, si él hubiese sabido que el mundo le sobraba cuando la penetraba, si hubiese sabido lo mucho que le dolía fantasear con criar juntos a esa niña que engendró esa noche, ay si él se hubiese enterado tan siquiera de que la llevaba en su vientre… pero no, ella era un alma vieja, era un alma consciente, ella sabía a qué venía, sabía que los tiempos empezaban a cambiar, que esa vida era clave, sabía que el mundo giraba hacia el fanatismo, hacia el control, sabía que era el momento histórico de posicionarse, era la hora de asentar su recorrido como alma… hasta ahora nadie la había molestado en ese sentido, pero ahora a su sensibilidad, a su magia, a su sabiduría le tocaba ser rechazada. Le tocaba elegir entre esconderse arriesgándose así a que su alma y la de su linaje retrocediesen, se perdiese lo conseguido hasta ese momento, o cargar con esa cruz que ese nuevo mundo había inventado, ese cartel que la condenaría de una u otra manera en cada una de las vidas futuras, le tocaba elegir entre vivir más años en ese tiempo o morir y condenarse bajo el yugo de esa nueva palabra, morir como una bruja.


Tenía clara su dolorosa decisión. Se marchó de su amado bosque con un linaje de mujeres fuertes, sensibles y poderosas en el vientre, prometiéndole a Él en secreto reencontrarse en una vida más tranquila, una vida en la que darse entera, en la que saborear su piel, cada día, cada noche.


Y sí, ella ardió, sintió el fuego en su carne mientras su hija miraba escondida. Pero murió sin pena, esa niña miró sin pena, ellas sabían que era un sacrificio necesario, un paso que llevaría a su estirpe a recordar la magia por los siglos de los siglos, que llevaría a su estirpe a no renunciar a ella bajo ninguna circunstancia.


¿Y Él? Él volvió a buscarla la siguiente Luna llena, pero de la chimenea no salía humo, el aire no olía igual, el bosque había perdido su esencia, la casa estaba muerta, era sólo piedra, sin la vida que tenía cuando ella abría la puerta. Aún así entró, se arrodilló en la cama agarrando las pieles y telas que aún tenían su aroma. Inspiró profundo y se prometió no olvidar jamás su olor.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Bruja y demonio

Irresistible - Fall Out Boy


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Corre, corre despavorido por la calle, intentas huir de mí y no puedes. Corres lo más rápido que puedes y te piso siempre los talones andando con paso lento. No huyas cariño, es irresistible, mi poder es irresistible. Voy a por ti, quiero montarte como a un caballo salvaje, sentirme libre sobre tus caderas, contornearme en una noche infernal ¿De qué tienes miedo? ¿Qué puede pasar? Solo voy a enfrentarte a tu demonio, te follaré para hacerte recordar, para hacerte despertar, no huyas, no puedes escapar de mi hechizo. Las plantas arden en el carbón, el humo aromático invade la sala, qué puedes temer, son solo pantas, es solo humo, soy solo una mujer…


Corres y te persigo desnuda por la ciudad, notas mi presencia en tu nuca, notas mis pasos tras de ti. Dices que hago magia, que atravieso paredes, que me presento en tu dormitorio cada noche, que te asusto a través del espejo… yo te digo que la magia la creas tú, que aparezco porque allí me quieres, que mi cuerpo se hace etéreo porque así lo deseas, no atravieso ladrillos que tú no quieras que atraviese, no te toco sin tu permiso… pero me expulsas de tu cama, no quieres que me suba sobre tu polla, no quieres que la agarre y la saboreé. Te doy miedo porque no sabes qué puedo provocarte, a qué mundo te conduciré, no quieres que llene tu cerebro de dudas, no quieres que golpee tu cabeza contra mis certezas. Y me gritas que me vaya, me gritas en mitad de la calle. Y yo no hablo, solo te miro desnuda, estoy aquí porque tú me estás dando ese poder, el poder de atraparte, porque mi magia te resulta irresistible, me deseas, me quieres, necesitas poseerme. No eres más que mi demonio, ese al que debo darme, ese que provoca mis hechizos, ese que me saca de dentro el alma escondida, ese que me trae recuerdos de vidas lejanas. Me dices bruja y yo te digo que no hay bruja sin demonio, que solo te pertenezco. Y me llamas, como el Amo llama a su perra, y yo solo acudo a tu llamada. No soy yo quien te persigo, eres tú a mí.


Pero seré fuerte, lo seré por ti, volveré a aquel bosque del que no debí salir, me resistiré a tu llamada, no apareceré cada noche en tu cama, no atravesaré más ciudades. No te asustaré al mirarte al espejo, no verás mi reflejo en él, necesitas descubrir quién soy, quién eres. Te escucho llamarme, gritarme, suplicar que aparezca, tú no te oyes pero me llamas. Y me desgarro la cara de llanto por no poder acudir a consolarte, a perseguirte para que al menos me notes cerca. Arrancaré todos los árboles de este maldito bosque si es necesario, porque ninguno me retiene, me enterraré en el fango. No mi demonio, hoy no iré por ti. Las aves huyen cuando grito, nadie pisa esta tierra encantada. No mi demonio no me llames más, no puedo volver a perseguirte por la ciudad, si me quieres tienes que venir a buscarme.


Escucho un crujir de hojas, han pasado años, siglos… ese crujir no suena a nada que conozca, es una pisada, es tu pisada. Vienes a por mí. Y corro, atravieso todo el bosque, las ramas me van desgarrando la piel, la nariz me sangra, la saliva se desliza por mi comisura. Te persigo pero tú ya no huyes. Aparezco ante ti, desnuda, ensangrentada y sucia. Me haces un gesto. El animal me posee, me clavo de rodillas, me acerco a ti a cuatro patas, lentamente, exagerando los movimientos, mirándote profunda y lujuriosa, sé lo que quieres, llevabas siglos pidiéndomelo. Me tumbo y me abro. El barro salpica nuestros cuerpos, me muerdes te araño, parece que peleamos, es una lucha embriagadora y dura, me tiras del pelo, me abofeteas. Somos dos bestias luchando y amando. Somos dos seres controlando todas las fuerzas de la naturaleza en un polvo, un polvo mágico… Los hechizos brotan de mis labios, un idioma perdido y ancestral domina mi lengua. Me miras a los ojos mientras me follas, mientras emito esos sonidos que llevaban eones ocultos. Hablo tu lengua, mi demonio. Soy tuya, aquí me tienes, desgarra mi carne si así lo deseas. Yo seré fiel y leal, mis cánticos solo te cantarán a ti. Bailaré alrededor de la hoguera desnuda solo para ti, aunque tropiece y caiga, aunque arda en ella, renaceré solo para ti, más hermosa, más fuerte, más mágica. Juntos sacudiremos el mundo, despertarán los dormidos, hablarán los mudos, callarán los necios… Pero ahora follemos, follemos llenos de barro, follemos y disfrutemos de la conexión, de lo que significa hacer el amor, follemos y seamos uno. Aquí me tienes demonio mío, ya puedes arder en mis tripas, ya puedes retorcerte en mis entrañas, ya puedes quedarte en mi mirada.


Y ya no temo, ya sé que no volveré a sentirme desgarrada y perdida en este bosque, que incluso si te fueses te volvería a encontrar, no importa que te disfraces de hombre, o de mujer, de rico o de pobre, te encontraré pues una perra nunca pierde el rastro de su Amo, y yo soy una puta leal, una hechicera servicial, un ser poderoso, una buscadora incansable…


Me postro ante ti, ante usted Amo. Puede esconderse en la vida que desee que desde los lejanos siglos escucharé su silbido.


Pero ahora fólleme, fólleme que mi cuerpo se deshace entre Sus brazos, que mis cartas, que mi bola de cristal me dijeron que esto sería algo único, y se quedaron cortas.


Fólleme, soy Su bruja, Usted es mi demonio.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Golpes en la cabeza

Bang my head - David Guetta ft Sia


Sentadas en la orilla de aquella playa con sus túnicas blancas, descalzas y limpias. Hablaban y se preguntaban el porqué de la vida, el porqué de las cosas. Cuéntame qué piensas, por qué la vida existe, qué hay más allá de la muerte, por qué amamos, por qué sufrimos, por qué nos invaden las sensaciones, esas intuiciones que no podemos explicar. Allí pasaban sus días, charlando y charlando, comiendo poco, divagando mucho. Eran puras y mágicas, no se necesitaban más que la una a la otra, solo necesitaban sus charlas en la orilla del mar.


Dime que esto no existe, dime que en la inmensidad del tiempo nuestra única aportación es esta, y luego dime que es mentira, que no puede ser que existamos solo una vez, para qué, por qué, por qué me siento más allá de esta carne, de esta piel, porqué nos sentimos parte del mundo, porqué sentimos esta magia recorriendo nuestras venas.


Y allí bailaban a la luz de la hoguera, hacían sus rituales, de plantas y ungüentos, allí se sentían animales, se sentían naturaleza, allí se sintieron Universo, se sintieron fuerza, crearon tormentas, atrajeron la lluvia, se tostaron al sol. Allí vieron la luz al final del túnel, esa luz que te lleva dónde venimos, vamos a la luz pues venimos de la luz en un ciclo infinito, en un ciclo de transformación, trascendencia. Allí, en su isla, mirando al mar, siempre abrazadas por el mar.


Una mañana comiendo fruta fresca, sentadas a la orilla de aquel mar, hablaron. Tras bailar toda la noche, tras embriagarse de magia, tras pedir al Universo la clave, la obtuvieron. Aquella mañana comprendieron la vida, comprendieron el porqué y el para qué… y entonces comprendieron que se equivocaron, que creyeron que con esas respuestas ya estaba todo hecho, que ese era el fin de vivir: comprender la vida. Esa mañana, conmocionadas, hablaron. Comprender la vida sólo las había llevado al principio de sus caminos, las llevó a una tremenda y dura decisión: seguir el camino o no, andarlo rápido o lento, crecer o dejarse crecer. Aquella mañana con el sol aún iluminando suave tomaron una decisión, una decisión dura. Decidieron ser valientes, decidieron apostar fuerte, crecer duro, pues era la forma de llegar dónde sabían que querían llegar, pues no deseaban alejarse de lo que ahora sabían que era la vida. Decidieron crecer a base de palos y piedras, decidieron experimentar el miedo, el dolor, la soledad… decidieron pasar por los tiempos solas y vagabundas, decidieron experimentar la guerra, la prostitución, la miseria, la muerte, la pérdida… decidieron poner a prueba su fe, decidieron viajar vida tras vida intensamente, sin dejarse un solo sentimiento por experimentar. Mientras hablaban las lágrimas brotaban de sus ojos, sabían que estarían miles de años sin verse, sin volver a disfrutar de esas charlas, de ese idioma que sólo ellas entendían, sabían que estarían miles de años sintiéndose fuera de lugar y no sabían cómo les iba a afectar eso. No sabían si la humanidad, si lo terrenal las alejaría de sus caminos, si el sufrimiento llenaría sus recuerdos de capas sucias que empañaran todo lo que en ese momento sabían, cabía la posibilidad de que se olvidaran la una de la otra, la posibilidad de perderse tanto en la historia que jamás volvieran a verse.


Dime que nos volveremos a ver, vamos a prometernos que nos reencontraremos, aunque sea para que ese juramento sagrado haga que no nos olvidemos de este momento en la orilla de este mar, que este juramento haga que no me olvide de tus ojos grandes, de tu pelo trenzado, de este amor maternal que me has dado, de todo lo que hemos aprendido, todas las certezas que hemos acumulado juntas, jurémonos que en alguna vida lejana y apacible nos encontraremos y nos contaremos lo que hemos aprendido, lo que hemos vivido, qué nuevas certezas portamos. Prométeme que volveremos a hablar este idioma, que volveremos a hablar ebrias de nuestras pócimas secretas. Que volveremos para evaluar vidas y decidir cómo seguir. Prométemelo.


Un día algo me golpeó la mente, algo me dejó aturdida, de repente salieron certezas de un cajón que no sabía que existía. En una vida lejana a aquella, en una vida tranquila, apacible, en una vida de descanso, en una vida sin soledad, en una vida de reencuentros. Me quedé aturdida, los recuerdos empezaron a atacarme, sabía que tenía que hacer algo, no sabía el qué… así que escribí, y escribiendo la golpeé.


Aquí, ante dos refrescos te miro, estás aturdida y mareada como yo, las vidas nos golpearon fuerte, nos nublaron las certezas… pero irradiamos algo especial, una magia que atrae, la magia de estar cumpliendo nuestro camino, de estar viviéndolo al máximo. Estamos reconstruyéndonos, algunas vidas nos dejaron devastadas, nos hirieron demasiado. Pero a pesar de todo aquí estamos, cumpliendo nuestro juramento.


Me alegro de volver a verte.

 

lunes, 27 de junio de 2016

El Hada, el Guerrero y el endometrio

Hay sentimientos y sensaciones que no se pueden explicar, son como un pálpito en el pecho… estoy cansada de no tener palabras para explicarlas así que se me ha ocurrido que voy a empezar a escribir un cuento por cada una de ellas. Un cuento mágico, como si fuese una historia que sucede a la vez que las sentimos e incluso como si las sensaciones y los pálpitos fuesen resultado de ellas… Hoy hace 12 años que empezamos esta aventura que es estar juntos, 12 años que en aquel banco de aquel parque nos besamos por primera vez. Jamás olvidaré el sabor a menta y el olor a mora, jamás olvidaré aquella sensación. Él ha sido la intuición más mágica y nítida que he tenido, por ello se merece ser la primera, por eso se merece este primer cuento:


Él era un hombre sencillo, un hombre fuerte, de sonrisa deslumbrante, tenía el poder atrapado en sus dientes y sus dedos. Era un jinete de pistolas en la cintura, de espuelas de pinchos afilados. Era un aventurero que decidió explorar, un aventurero incansable e inquebrantable, jamás se daba por vencido. Era un hombre justo, un hombre de tierno abrazo y firme espada, un estudioso, inteligente, callado. Con un guiño dejaba los corazones entregados… Pero sobretodo Él era un Guerrero, sin armadura, sin honores, pero valiente y bravo.


Ella era una palomita, una zorra como pocas, una gata salvaje y un poco rabiosa. Ella era una bailarina de burdel, era una cameladora, con solo enseñar el tobillo tenía cliente asegurado en su lecho. Ella era una princesa egipcia llena de enigmas y misterio, en sus manos la suavidad y en su voz la magia negra. Ella era una ninfa asustada, se defendía atacando, era un ser perdido en los templos de la represión y la tristeza. Ella lloraba cada noche antes de dormir sobre un lecho de hojas, los mares estaban hechos de sus lágrimas, el sonido del viento de su lamento.


Él viajó por los confines del mundo, Él se recorrió cada montaña, cada ciudad, cada poblado, Él no lo sabía pero la buscaba a Ella, esperaba encontrarla en alguno de sus largos e increíbles viajes. Luchaba con dragones, con ninjas, domesticó a un lobo salvaje y enorme, durmió al calor de una manada de leones, la hidra casi acaba con Él, pero no tenía más cabezas que Él empeño.


Ella lloraba y cantaba, Ella embaucaba a los campesinos, los enroscaba entre sus piernas, los atrapaba en su magia para siempre, jamás volvían a ser los mismos. Incluso dicen que alguno murió de fiebres, de inanición, que a alguno vieron marchar de la mano del demonio por propia voluntad. Ella tenía la verdad del mundo atrapada en su coño... eso acababa con sus amantes.


Él estaba caminando, silvando despreocupado, tarareando alguna canción de las que se almacenaban en su mente y lo acompañaban en cada paso. Algo llamó su atención, era una mujer, en un campo recién segado, una mujer desnuda recostada entre las balas de paja. Sí, era Ella, corrió a su lado. Mientras corría iba desnudándose: la espada manchada de sangre de dragón le sobraba, la pistola que acabó con el monstruo de aquella cueva le estorbaba, el machete con el que se abría paso entre las hojas le pesaba, la ropa sucia llena de recuerdos se le antojaba lija sobre la piel… Y acabó desnudo, corriendo por el campo hasta Ella.


Cuando la chica abrió los ojos solo vio una silueta masculina con el sol detrás, sin inmutarse puso el brazo en la cara para evitar deslumbrarse, y separó las piernas para dejarlo entrar…


Sin saberlo se adentró en la mayor aventura jamás contada, puso Su polla a la entrada del jugoso órgano femenino y se abrió paso a través del frondoso y rubio bosque de su vello púbico, estaba lleno de magia, en cada rincón, tras cada árbol había un susurro, un susurro que le contaba la vida de aquella extraña hada que lo recibía con los ojos vacíos y tristes. Y, aunque algunas de esas palabras lo asustaron como no lo había hecho la más fiera de las bestias, siguió adelante y llegó a la orilla de sus labios superiores y al mar de sus labios inferiores, llegó a la humedad de las caracolas, a la brisa marina de su carne, al agua tibia de aquella sirena afónica. Y, aunque el mar se le antojó el más oscuro y profundo de todos los que había visitado, continuó sin vacilar. Arribó a la cueva de su vagina, una cueva pequeña y estrecha, una cueva cálida pero de apariencia tenebrosa, las lágrimas la pintaron de rojo sangre, los desgarros la llenaron de cicatrices, aparecían fantasmas tras los rincones, pero el aire seguía siendo templado y acogedor, la ternura lo envolvía a pesar de todo, y podría haberse quedado allí, pero decidió ir más allá. Era un explorador y acababa de descubir su tesoro, acababa de descubrir todo un mundo oculto, una ciudad secreta, una Atlantis dentro de esa muchacha. Así que escaló por la estrechura del cuello del utero, ese puente que le apretaba y parecía encogerse para cerrarle el paso. Al conseguir cruzarlo admiró la cosa más bonita que sus ojos jamás habían visto, era un valle, amplio, hermoso, recubierto de mullida hierba, adornado con aromáticas flores. Admiró la belleza y decidió en décimas de segundo quedarse allí, anidar en aquel endometrio que parecía llevar toda la vida esperándolo. En cuanto lo hizo algo explotó, una magia, un orgasmo conjunto los llenó, les recorrió las venas, les tensó los músculos, les expandió el cerebro, se materializó en sus ojos al mirarse, se habían encontrado, el Hada y el Guerrero se habían encontrado…


La mora invadió el aire, sus narices. La menta sus bocas.