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viernes, 10 de abril de 2015

A veces todo es una mierda

Hoy os muestro otra de mis "canciones joya", lleva unos quince años aproximadamente conmigo. Le tengo mucho cariño, ha sido mi compañera de lágrimas en muchos momentos, y es que cantarla a lágrima viva me alivia aunque sea un poquito, ese alivio que te da que alguien te diga: "Sí, llevas razón, a veces en la vida todo parece ir mal, a veces todo es una mierda". Dadle al play y a disfrutarla, o a llorarla un rato...


Everything is wrong - Gigolo Aunts


Vuelvo a casa, a una casa en la que ducharme con agua fría porque la puta caldera se rompió y no hay dinero para arreglarla, a una casa en la que fuera del brasero te sale vaho por la boca. Los pasillos y habitaciones están llenos de radiadores que no calientan. Esta es mi vida, volver de un colegio de niñas pijas que solo se preocupan de sacar sobresalientes en vez de notables, en tener sus bonitas y calientes habitaciones ordenadas. Y yo me congelo los dedos haciendo los deberes, escribiendo en mi diario desahogos de una niña de padres recién separados que odia el momento en el que está. En invierno no me masturbo porque duermo con mi madre, una manera natural de dormir calentitas.
Me despierto cada mañana y me pongo el uniforme bajo las sábanas, salir de ellas se me antoja imposible. El fin de semana decidimos ir a pasear. Granada es preciosa un domingo por la mañana, con sus tiendas y tentaciones cerradas. Vamos por la Alcaycería mirando los escaparates llenos de mueblecitos y detalles para las casitas de juguete. Los miramos y remiramos, mi madre los observa atenta inventando cómo hacerlos de manera manual para llenar esa casita que a duras penas me trajeron los reyes.
Odio la ambición de mi padre, vivimos en una casa muy grande que no podemos calentar, que nunca está tan bonita como yo imagino. Y envidio a mis amigas, las envidio con sus pisos calientes y decorados, con su ropa nueva cada mes, con sus viajes familiares y sus vidas sin preocupaciones.


Una niña acomplejada y triste llora en su dormitorio rosa. Su padre la ha decepcionado, sus amigas no la entienden, no le gusta su pelo, ni su cara, ni su cuerpo, se siente la persona más desolada del universo. Quién calentará sus manos heladas, quién se acurrucará con ella cuando se tumbe exhausta en la cama con los ojos hinchados de tanto llorar. Ahora creo que quizá no era todo tan malo, que mucha gente habrá pasado por cosas peores, pero no son las cosas que pasan, sino cómo te afectan. Y a mí vivir cada día se me hacía un suplicio.


Oía a mi madre llorar en el sótano, se pasaba horas allí y yo sola en mi cuarto, escribiendo historias que siempre acababan mal, era lo único que me daba consuelo, la melancolía era el único sentimiento que me llenaba. Mi madre subía con los ojos rojos y yo no sabía qué hacer, no quería verla sufrir, siempre me ha gustado protegerla. Sabía que ella no podría afrontar que yo también estuviese destrozada, sabía que ella no podría con mis problemas mentales de ese momento, así que decidí parecer fuerte. La dejé llorar en mi hombro, la dejé desahogarse conmigo, ser su amiga y confidente, la deje pensar que yo era dura como una piedra, madura como pocas. Quizá eso me ayudó pero creé un sentimiento de mentira, sentía que la engañaba, que dentro de mí había dos personalidades, una madura, fuerte, espiritual y profunda, y por otro lado una niña triste, acomplejada, materialista, cobarde y muy débil. Dos caballos desbocados que tiraron de mí y que me ha costado mucho domar.


Un invierno, sin más, una cañería se rompió y un chorro de agua inmenso comenzó a salir. Oía desde la ventana caer el agua potente, parecía escuchar las monedas tintineando en el suelo, era mediados de mes y ya estábamos en números rojos. No pude más, me planteé si estábamos intentando salvar un barco que se hundía sin remedio, si nos aferrábamos a una casa por miedo a no saber qué hacer fuera de ella. Y recuerdo perfectamente estar sentada en el salón, recuerdo el olor, la luz que había y lo que pensé. Quizá sea el momento de vender esta casa, es demasiado para mi madre y su sueldo, es demasiado trabajo para una mujer y su hija. Las habitaciones cerradas e inútiles, las tuberías rompiéndose y los plomos saltando. Se lo dije y como siempre ella y su manera de ver las cosas me salvó. Me llenó de energía y entonces lo comprendí: esto es lo único que me queda, es lo único que me ha hecho sentir especial, mi casa y su jardín enorme, su piscina llena de alegría y calor de verano. Aquí nací y aquí tengo ganas de volver cuando estoy triste, es mi refugio, quizá un refugio frío, pero mi refugio. Siempre sentí una unión muy especial a esta casa. No, da igual que todo vaya mal, somos unas valientes, no podemos renunciar a nuestra forma de ver el mundo. Mi madre me enseñó a confiar en la vida. La arreglaremos como podamos, con cinta aislante en las tuberías, con velas cuando se vaya la luz, con ollas de agua caliente para poder ducharnos en Enero. Somos fuertes, esto nos hace fuertes. Es fácil confiar en el Universo cuando todo va bien, pero la prueba llega cuando todo es una auténtica mierda, cuando no puedes pagar la hipoteca, cuando tienes que estudiar llorando, cuando sientes que tu corta vida no tiene sentido, cuando te sientes la más inferior de todas tus compañeras. Es entonces cuando hay que agarrarse a los detalles, esos detalles que te salvan. Un sábado alquilando una película en el videoclub en vez de ir al cine, saboreando un puñadito de aceitunas con pepinillos como el lujo del mes, puede que sea poco en el momento, pero la sensación durará toda la vida.
Pues luchamos, contra viento y marea, sacrificamos cosas, aceptamos cargar con una serie de sensaciones que aún hoy me acompañan, pero lo conseguimos. Nuestra lucha obtuvo resultados y hoy os escribo desde esa casa, pero ya llena de vida, con todas las habitaciones en uso, con mis hijas jugando en el jardín, con mi Amo queriéndome en el dormitorio y con los albañiles arreglando el tejado. Esta es mi casa, así me lo hizo saber mi madre cuando se marchó, me dio las llaves porque su lucha aquí había terminado, la mantuvo porque sabía lo especial que era para mí.


Hoy, recordando todo esto, se me ha agarrado un nudo en la garganta. Ahora veo las cosas claras, creo que desde los 11 años hasta los 26 he cargado con una depresión que ha estado más o menos presente en estos años pero no la quería ver y de la que me costó mucho salir. Pero he podido por todo lo que confié, por pedirle al Universo, o a Dios o como queráis llamarle, que me mostrara el camino, por ser consciente de que así no se podía vivir. Y el Universo no me dio una poción mágica, solo dijo que tenía que esforzarme y enfrentarme a los demonios más oscuros, pero no me dejó sola. Y hoy recojo los frutos de ese esfuerzo, estoy llena de optimismo y confianza, tengo todo lo que necesito y estoy dando los pasos para conseguir lo que ambiciono. Llevo unos días durmiendo en mi dormitorio recién reformado, he hecho el amor en él con un hombre maravilloso, por la mañana dos preciosas niñas se han metido en mi cama para remolonear juntas diez minutitos más. He mirado mi móvil y he visto las estrellitas de personas que leen lo que escribo y que me aceptan y que no dejan de decirme que les gusto. Tengo una lista de tareas por hacer de un trabajo que me encanta. Y al volver de llevar a mis hijas al cole he respirado profundo al lado de los tulipanes, huele a primavera y a recompensa.


Hace fresco en la calle, me ha dado gustito entrar en casa, está calentita.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

MI madre

Ella tenía unos 29 años, yo 2. Ese verano iban a buscarme un hermanito, pero un mes antes se notó un bulto en el pecho. Primero le dijeron que no era nada, solo unos días después el bulto había crecido hasta ocupar su pecho casi por completo. Le dijeron que era un cáncer muy grave, los médicos firmaron su sentencia de muerte. Pero ella no era así, no era de las que se rendía, su forma de ver la vida no le permitía dejarse morir. Lo primero fue extirparle el tumor, su pecho quedó reducido a una fina piel sobre el esternón, lo segundo fue tatuarle unos puntitos azules, los objetivos de la radioterapia. El primer día, en la sala de sueros le ofrecieron una coca cola, ella dijo que prefería una fanta de limón, así de inocente llegó a aquel lugar. Más tarde sabría que era para intentar contrarrestar las náuseas de la quimio. De aquella época recuerdo poco, la única imagen que tengo es la de estar ante la fachada del hospital con mi abuela, con un frigopie en una mano, y con la otra saludando a mi madre que me miraba desde la ventana. El cáncer era duro pero ella lo fue más, y un tiempo más tarde, los médicos calificaron literalmente de milagro la desaparición total del cáncer y la metástasis. Por supuesto que en un primer momento sobrevivir era su prioridad, siempre me ha dicho que lo hizo por mí, que hizo lo imposible y lo increíble por no dejar a su hija de dos años sola, que rogó al universo para que la dejara vivir por lo menos hasta que yo cumpliera los 18. Pero... y qué pasa cuando ya lo superas, cuando te miras al espejo y ves como ha quedado tu cuerpo, cuando sabes que no podrás tener ese hijo que ibas a buscar, cuando sabes que tendrás que hacer el amor con tu marido, desnudarte y aceptar que una parte de ti no está. Desde fuera es fácil decir que no pasa nada, que con lo que has superado tienes que estar orgullosa, tienes que estar satisfecha, con la autoestima alta. Yo ahora ya soy una mujer, estoy casada, y sé lo que supondría que arrancancaran una parte de ti. Ellos no se tenían que mirar al espejo cada día, enjabonarse el cuerpo palpando sus diferencias, ellos no tendrían que comprarse bañadores y bikinis especiales, y aún así no estar tranquila en la playa, y si se nota, me miran, será que se me nota algo... por suerte yo no tengo ese problema, pero yo he sido la que entraba al probador con ella, la que jugaba con su prótesis de silicona, yo he visto y notado su lucha por no sentir que le habían quitado su feminidad.


Yo tenía doce años, mis padres se acababan de separar, y mi madre habló conmigo, me dijo que necesitaba operarse, quería reconstruirse, lo necesitaba, ahora que estaba sola, tenía que hacerlo por ella misma, necesitaba recuperar cosas que había perdido por el camino. Me advirtió que iba a ser duro, y se quedó corta, fueron viajes y vacaciones aplazados por las operaciones, noches en el hospital, era una niña poniendo cuñas y duchando a su madre dolorida que no podía moverse, largas horas en la sala de espera mientras la operaban con anestesia general, con miles de angustias y miedos en la cabeza, qué pasaría si me quedaba sola, mis padres estaban separados, mi padre vivía con una nueva mujer, y mi relación con él en aquel momento no era muy buena. Fue duro sí, pero ella supo hacer que me quedara una gran sensación, vivimos grandes momentos juntas, la final de Gran Hermano 1 en la habitación del hospital, un atardecer de Domingo relajadas, comiendo bombones... Quizá me perdí cosas, quizás no tuve tiempo para ser una adolescente normal, quizás viví situaciones que no me tocaban, pero es que ella se lo merecía, sé que a una madre se la quiere, pero yo siempre la he querido el doble, la unión que teníamos no era normal, cómo no iba a apoyarla, si había luchado contra la naturaleza, contra una enfermedad mortal por mí, cómo no iba a concederle su pedacito de mujer que le faltaba, eran unos años duros a cambio de la visión que tenía del mundo, de vivir cada minuto con felicidad, de todos los momentos especiales que tenía gracias a ella.


La semana pasada fue a su revisión anual, el médico la miró serio, miró los resultados y al fin sonrió, le han dado el alta oficial, después de 25 años sin rastro de cáncer. Cuando me lo dijo no pude evitar llorar, sé que el mérito es completamente suyo, pero un sentimiento de alivio y superación me invadió, la imagen de mi madre a los pies de mi cama sin poder acercarse a mí por el tratamiento, y el nudo en la garganta por no poder abrazarla vino a mi mente, creo que la niña de dos años que era entonces supo estar a la altura, que la adolescente que la apoyó en la reconstrucción también lo estuvo... me alegro de haber sabido hacerle más fácil los duros momentos que le tocó vivir.
En definitiva, mi madre es un ejemplo de lucha y fuerza de voluntad, es la persona que me ha enseñado a hacer fácil lo difícil, a hacer fácil lo que otros tachan de imposible.