lunes, 26 de septiembre de 2016

Bruja y demonio

Irresistible - Fall Out Boy


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Corre, corre despavorido por la calle, intentas huir de mí y no puedes. Corres lo más rápido que puedes y te piso siempre los talones andando con paso lento. No huyas cariño, es irresistible, mi poder es irresistible. Voy a por ti, quiero montarte como a un caballo salvaje, sentirme libre sobre tus caderas, contornearme en una noche infernal ¿De qué tienes miedo? ¿Qué puede pasar? Solo voy a enfrentarte a tu demonio, te follaré para hacerte recordar, para hacerte despertar, no huyas, no puedes escapar de mi hechizo. Las plantas arden en el carbón, el humo aromático invade la sala, qué puedes temer, son solo pantas, es solo humo, soy solo una mujer…


Corres y te persigo desnuda por la ciudad, notas mi presencia en tu nuca, notas mis pasos tras de ti. Dices que hago magia, que atravieso paredes, que me presento en tu dormitorio cada noche, que te asusto a través del espejo… yo te digo que la magia la creas tú, que aparezco porque allí me quieres, que mi cuerpo se hace etéreo porque así lo deseas, no atravieso ladrillos que tú no quieras que atraviese, no te toco sin tu permiso… pero me expulsas de tu cama, no quieres que me suba sobre tu polla, no quieres que la agarre y la saboreé. Te doy miedo porque no sabes qué puedo provocarte, a qué mundo te conduciré, no quieres que llene tu cerebro de dudas, no quieres que golpee tu cabeza contra mis certezas. Y me gritas que me vaya, me gritas en mitad de la calle. Y yo no hablo, solo te miro desnuda, estoy aquí porque tú me estás dando ese poder, el poder de atraparte, porque mi magia te resulta irresistible, me deseas, me quieres, necesitas poseerme. No eres más que mi demonio, ese al que debo darme, ese que provoca mis hechizos, ese que me saca de dentro el alma escondida, ese que me trae recuerdos de vidas lejanas. Me dices bruja y yo te digo que no hay bruja sin demonio, que solo te pertenezco. Y me llamas, como el Amo llama a su perra, y yo solo acudo a tu llamada. No soy yo quien te persigo, eres tú a mí.


Pero seré fuerte, lo seré por ti, volveré a aquel bosque del que no debí salir, me resistiré a tu llamada, no apareceré cada noche en tu cama, no atravesaré más ciudades. No te asustaré al mirarte al espejo, no verás mi reflejo en él, necesitas descubrir quién soy, quién eres. Te escucho llamarme, gritarme, suplicar que aparezca, tú no te oyes pero me llamas. Y me desgarro la cara de llanto por no poder acudir a consolarte, a perseguirte para que al menos me notes cerca. Arrancaré todos los árboles de este maldito bosque si es necesario, porque ninguno me retiene, me enterraré en el fango. No mi demonio, hoy no iré por ti. Las aves huyen cuando grito, nadie pisa esta tierra encantada. No mi demonio no me llames más, no puedo volver a perseguirte por la ciudad, si me quieres tienes que venir a buscarme.


Escucho un crujir de hojas, han pasado años, siglos… ese crujir no suena a nada que conozca, es una pisada, es tu pisada. Vienes a por mí. Y corro, atravieso todo el bosque, las ramas me van desgarrando la piel, la nariz me sangra, la saliva se desliza por mi comisura. Te persigo pero tú ya no huyes. Aparezco ante ti, desnuda, ensangrentada y sucia. Me haces un gesto. El animal me posee, me clavo de rodillas, me acerco a ti a cuatro patas, lentamente, exagerando los movimientos, mirándote profunda y lujuriosa, sé lo que quieres, llevabas siglos pidiéndomelo. Me tumbo y me abro. El barro salpica nuestros cuerpos, me muerdes te araño, parece que peleamos, es una lucha embriagadora y dura, me tiras del pelo, me abofeteas. Somos dos bestias luchando y amando. Somos dos seres controlando todas las fuerzas de la naturaleza en un polvo, un polvo mágico… Los hechizos brotan de mis labios, un idioma perdido y ancestral domina mi lengua. Me miras a los ojos mientras me follas, mientras emito esos sonidos que llevaban eones ocultos. Hablo tu lengua, mi demonio. Soy tuya, aquí me tienes, desgarra mi carne si así lo deseas. Yo seré fiel y leal, mis cánticos solo te cantarán a ti. Bailaré alrededor de la hoguera desnuda solo para ti, aunque tropiece y caiga, aunque arda en ella, renaceré solo para ti, más hermosa, más fuerte, más mágica. Juntos sacudiremos el mundo, despertarán los dormidos, hablarán los mudos, callarán los necios… Pero ahora follemos, follemos llenos de barro, follemos y disfrutemos de la conexión, de lo que significa hacer el amor, follemos y seamos uno. Aquí me tienes demonio mío, ya puedes arder en mis tripas, ya puedes retorcerte en mis entrañas, ya puedes quedarte en mi mirada.


Y ya no temo, ya sé que no volveré a sentirme desgarrada y perdida en este bosque, que incluso si te fueses te volvería a encontrar, no importa que te disfraces de hombre, o de mujer, de rico o de pobre, te encontraré pues una perra nunca pierde el rastro de su Amo, y yo soy una puta leal, una hechicera servicial, un ser poderoso, una buscadora incansable…


Me postro ante ti, ante usted Amo. Puede esconderse en la vida que desee que desde los lejanos siglos escucharé su silbido.


Pero ahora fólleme, fólleme que mi cuerpo se deshace entre Sus brazos, que mis cartas, que mi bola de cristal me dijeron que esto sería algo único, y se quedaron cortas.


Fólleme, soy Su bruja, Usted es mi demonio.

lunes, 19 de septiembre de 2016

Golpes en la cabeza

Bang my head - David Guetta ft Sia


Sentadas en la orilla de aquella playa con sus túnicas blancas, descalzas y limpias. Hablaban y se preguntaban el porqué de la vida, el porqué de las cosas. Cuéntame qué piensas, por qué la vida existe, qué hay más allá de la muerte, por qué amamos, por qué sufrimos, por qué nos invaden las sensaciones, esas intuiciones que no podemos explicar. Allí pasaban sus días, charlando y charlando, comiendo poco, divagando mucho. Eran puras y mágicas, no se necesitaban más que la una a la otra, solo necesitaban sus charlas en la orilla del mar.


Dime que esto no existe, dime que en la inmensidad del tiempo nuestra única aportación es esta, y luego dime que es mentira, que no puede ser que existamos solo una vez, para qué, por qué, por qué me siento más allá de esta carne, de esta piel, porqué nos sentimos parte del mundo, porqué sentimos esta magia recorriendo nuestras venas.


Y allí bailaban a la luz de la hoguera, hacían sus rituales, de plantas y ungüentos, allí se sentían animales, se sentían naturaleza, allí se sintieron Universo, se sintieron fuerza, crearon tormentas, atrajeron la lluvia, se tostaron al sol. Allí vieron la luz al final del túnel, esa luz que te lleva dónde venimos, vamos a la luz pues venimos de la luz en un ciclo infinito, en un ciclo de transformación, trascendencia. Allí, en su isla, mirando al mar, siempre abrazadas por el mar.


Una mañana comiendo fruta fresca, sentadas a la orilla de aquel mar, hablaron. Tras bailar toda la noche, tras embriagarse de magia, tras pedir al Universo la clave, la obtuvieron. Aquella mañana comprendieron la vida, comprendieron el porqué y el para qué… y entonces comprendieron que se equivocaron, que creyeron que con esas respuestas ya estaba todo hecho, que ese era el fin de vivir: comprender la vida. Esa mañana, conmocionadas, hablaron. Comprender la vida sólo las había llevado al principio de sus caminos, las llevó a una tremenda y dura decisión: seguir el camino o no, andarlo rápido o lento, crecer o dejarse crecer. Aquella mañana con el sol aún iluminando suave tomaron una decisión, una decisión dura. Decidieron ser valientes, decidieron apostar fuerte, crecer duro, pues era la forma de llegar dónde sabían que querían llegar, pues no deseaban alejarse de lo que ahora sabían que era la vida. Decidieron crecer a base de palos y piedras, decidieron experimentar el miedo, el dolor, la soledad… decidieron pasar por los tiempos solas y vagabundas, decidieron experimentar la guerra, la prostitución, la miseria, la muerte, la pérdida… decidieron poner a prueba su fe, decidieron viajar vida tras vida intensamente, sin dejarse un solo sentimiento por experimentar. Mientras hablaban las lágrimas brotaban de sus ojos, sabían que estarían miles de años sin verse, sin volver a disfrutar de esas charlas, de ese idioma que sólo ellas entendían, sabían que estarían miles de años sintiéndose fuera de lugar y no sabían cómo les iba a afectar eso. No sabían si la humanidad, si lo terrenal las alejaría de sus caminos, si el sufrimiento llenaría sus recuerdos de capas sucias que empañaran todo lo que en ese momento sabían, cabía la posibilidad de que se olvidaran la una de la otra, la posibilidad de perderse tanto en la historia que jamás volvieran a verse.


Dime que nos volveremos a ver, vamos a prometernos que nos reencontraremos, aunque sea para que ese juramento sagrado haga que no nos olvidemos de este momento en la orilla de este mar, que este juramento haga que no me olvide de tus ojos grandes, de tu pelo trenzado, de este amor maternal que me has dado, de todo lo que hemos aprendido, todas las certezas que hemos acumulado juntas, jurémonos que en alguna vida lejana y apacible nos encontraremos y nos contaremos lo que hemos aprendido, lo que hemos vivido, qué nuevas certezas portamos. Prométeme que volveremos a hablar este idioma, que volveremos a hablar ebrias de nuestras pócimas secretas. Que volveremos para evaluar vidas y decidir cómo seguir. Prométemelo.


Un día algo me golpeó la mente, algo me dejó aturdida, de repente salieron certezas de un cajón que no sabía que existía. En una vida lejana a aquella, en una vida tranquila, apacible, en una vida de descanso, en una vida sin soledad, en una vida de reencuentros. Me quedé aturdida, los recuerdos empezaron a atacarme, sabía que tenía que hacer algo, no sabía el qué… así que escribí, y escribiendo la golpeé.


Aquí, ante dos refrescos te miro, estás aturdida y mareada como yo, las vidas nos golpearon fuerte, nos nublaron las certezas… pero irradiamos algo especial, una magia que atrae, la magia de estar cumpliendo nuestro camino, de estar viviéndolo al máximo. Estamos reconstruyéndonos, algunas vidas nos dejaron devastadas, nos hirieron demasiado. Pero a pesar de todo aquí estamos, cumpliendo nuestro juramento.


Me alegro de volver a verte.

 

lunes, 12 de septiembre de 2016

Ángela del espejo

Just like fire - Pink


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Te miras en el espejo, miras tu reflejo, qué ves, qué hay al otro lado. Eres tú o solo una sombra de lo que quieres ser, eres tú o solo una ilusión, acaso tu reflejo es real o es todo aquello que te niegas. La dualidad esta por todos lados, todos tenemos dos “nosotros”, dos “Yo” dentro… ¿A cuál de ellos escuchas? ¿A cuál de ellos sacrificas? Porque uno está sacrificado, raro es el niño que no mata partes de él por complacer, por agradar, por tener amigos, raro es el niño que no mata partes de él por sentirse querido, aceptado.


Yo me he mirado toda la vida en un espejo, he sido consciente de mis dos Ángelas, he sido consciente de que sacrificaba una parte muy importante de mí, para qué, por qué, por qué tenemos que elegir, por qué me obligué a esconderme, por qué viví bajo el yugo del miedo, me exigí sacrificar… ¿Es una parte loca? ¿Es una parte viciosa? ¿Es una parte carnal? ¿Es una parte profunda? ¿Es una parte fea o bonita? ¿Es una parte oscura o es mi luz? Sí, quizá sea esa mi luz, pues sin ella he estado muy perdida… da igual. Miro al espejo y me miro a los ojos, tiempo atrás no me reconocía en esos ojos que me observaban al otro lado del quebradizo cristal, hace tiempo no sabía quién me miraba, no reconocía esa mirada triste y vacía, sin pupilas, me miraba una Ángela moribunda, asfixiada por mí misma.


Dicen que hay que elegir, pero neguémonos a hacerlo entre nuestras luces o sombras, pues es lo que somos, locos y cuerdos a la vez, decentes e indecentes, ángeles y demonios, colores y negro, lágrimas y sonrisas. ¿Quién no se ha sentido alguna vez incompleto? Cómo no hacerlo, cómo no sentir que falta una pieza, si somos un puzle de dos y perdimos uno de los trozos. Cómo no sentirnos a veces desgarrados si nuestra mitad está medio muerta. Y quién dice que la magia es mentira, quién dice que esa parte chalada que ocultamos está mal, quién dice que ese reflejo que toma té en el techo, que busca hadas bajo los tréboles, que persigue conejos blancos… está mal. Esa parte que es incapaz de explicar por qué es como es, y es que no lo necesita, los locos nunca quisieron entender su locura pues no se consideraron locos. Y si rompemos la cárcel del espejo, y si tomamos la decisión de ser nosotros sin cristal que nos separe, sin ojos tristes reflejados, y si nos desnudamos, y si dejamos de ocultar todo aquello que escondemos, y si elegimos no sacrificar nada, y si decidimos vivirnos enteros y hermosos, y si decidimos explotar, y fundirnos. Subir tanto la temperatura que nuestros “Yo” se unan de manera permanente e indestructible.


Arderemos en las llamas, en las llamas de nuestro fuego, ese que calienta y destruye, ese que a veces es hogar y otras enemigo, ese fuego que a veces es calidez y otras furia…


Amaré a Dr Jekill y Mr Hyde, amaré mis luces y sombras, mostraré mis virtudes y defectos, mostraré mi belleza y fealdad, mostraré lo que tengo, me abriré en canal para que veáis mi corazón palpitar, tan hermoso como horrendo. Porque eso es lo que somos: una dualidad, una división, por más que atrapemos partes en el espejo, por más que encarcelemos deseos tras el espejo. Explotemos llenos de magia, gritemos libres y desnudos, hagamos las paces con nosotros mismos…


Correr por el campo libre y salvaje, con mis dos Ángelas palpitándome dentro, enseñándome el camino, enseñándome mi misión, mis dos Ángelas llenándome de magia y poder. Esta soy yo, no hay más y tampoco menos, esta soy yo, aún vulnerable y tiritona…


Ven aquí pequeña, junta las yemas en el espejo, siéntete, acaríciate… Ven aquí, quiero oler tu pelo, tu piel, quiero amarte, sí, hacer el amor con mi propio reflejo, reconciliarnos como dos amantes ancestrales y doloridos. Ven aquí, yo te acunaré, te aliviaré las heridas que yo misma te hice. Ven, deja que bese tu tibia carne, deja que te muestre, prometo que no me avergonzaré más de ti, que nunca más te negaré, te lo prometo Ángela, prometo que te sacaré del espejo para siempre. Ya no volveremos a separarnos nunca. Confía. ¡Qué mundo nos espera! ¡Qué cosas maravillosas haremos juntas! Llenaremos el mundo de luz, salpicaremos de magia todo lo que nos rodea, confía en mí, juntas seremos grandes, imparables e invencibles. No tengas miedo, ay Ángela, no temas. Dame la mano, la vida nos espera, dame la mano y no tiembles más. Eres hermosa, no agaches más tus ojos tristes, llena el mundo de tu magia, dame la mano, llenaremos el mundo de magia…

jueves, 8 de septiembre de 2016

Soy una víctima

Aviso: Sé que no toca entrada, pero llevo una semana muy reflexiva, y guerrera, por qué no decirlo. Esto es fruto de mis reflexiones, que por desgracia serían tremendamente largas de explicar, cuando no se tiene el pensamiento completo pueden surgir malentendidos y lo asumo. Sinceramente espero que me entendáis, y si no lo hacéis no pasa nada, olvidadla, pero respetad mi opinión y mi decisión de no entrar en debates, por favor.


Dicen que soy una víctima, dicen que soy una pequeña y vulnerable mujer blanca, víctima del machismo, víctima de los patrones…


Siento presión por educar a mis hijas. Me quedé embarazada con 20 años, viviendo separada de mi pareja, empezando una carrera, sin trabajo, sin haberlo buscado… me dijeron que me había arruinado la vida, empecé a cargar con las miradas de mujeres mayores que me miraban de arriba abajo, no sé cuántas veces he escuchado: “¡¿Dos hijas?! Pero si eres muy joven”. Coros: Eres una víctima de los prototipos, de los patrones, eres víctima de la sociedad.


En mi adolescencia me sentí presionada por hombres para hacer ciertas cosas, creí que la culpa era mía, que yo lo había provocado. Las niñas se rieron de mí por hacerlo, sufrí en esa época. Me llamaron todo lo que pudieron y más. Coros: eres víctima del machismo de esos hombres que creyeron que era mi obligación hacerlo, que se creyeron superiores a mí, eres víctima de las mujeres alienadas. Eres víctima de la sociedad.


Siempre me ha preocupado mucho mi cuerpo, este michelín por aquí, este agujerito de celulitis por allá. Cómo me maquillo, qué ropa me pongo. Esta Navidad nada de mantecados, este verano nada de helados. Peso 49 kilos y me siento gorda. Coros: Eres víctima de los cánones de belleza, de la publicidad, de la presión de ser perfecta. Eres víctima de la sociedad.


Los coros por favor, que cierren la boca. ¿Víctima? Sí ¿De la sociedad? No, no lo soy. Podéis seguir luchando contra la sociedad como víctimas despechadas que tiran piedras contra un muro. ¿Qué es la sociedad? ¿Realmente somos víctimas de ella? Nunca me he sentido víctima de la sociedad, incluso cuando he flaqueado y he dicho que me siento oprimida, que me juzgan por ser distinta, por llevar un modo distinto de vida… incluso en esos momentos una vocecita regañona me decía dentro que esa sociedad no existe, no te rebelas contra algo real, por eso te agotas, porque te das contra un muro que no existe. Solo existen los que conforman la sociedad, personas, y de esas personas a la única que tienes el deber y el DERECHO de cambiar es a ti. Yo formo parte de la sociedad, si cambio yo, cambia la sociedad. Y aquí llegamos a resolver la duda: sí soy víctima, víctima de mí misma. Lo fácil es echar balones fuera, es echar la culpa a esa sociedad que me hace sentir tremendamente mal, eso es lo fácil, porque lo difícil es admitir que nuestro enemigo somos nosotros mismos, que la que se mira al espejo soy yo, que la lucha es contra la imagen de mi cerebro, aunque esa imagen saliese de un anuncio de la tele, yo dejé que esa imagen entrase en mí, yo fui la que la di por válida, la que no se planteó que el que yo no fuese así no estaba ni bien ni mal. La sociedad, lo que nos rodea, las personas que se nos acercan son estímulos, nosotros somos los que debemos decidir cómo reaccionar ante dichos estímulos. Mi enemiga soy yo que, como no me quería, cualquier cosa que algo externo me dijo que estaba bien lo establecí como meta. Yo dejé que los comentarios de esas señoras sobre que fuese madre tan joven me afectaran, pues no confié en esa voz que me decía que yo sería buena madre, que la edad no importaba.


El enemigo siempre está más cerca de lo que creemos, pues ese enemigo no es más que nuestro ego. Yo misma en este blog me he quejado de que me han tachado de “mala sumisa”, de que no lo era. Hace poco dos personas me dijeron, resumiendo, que yo era "mala", decían que había hecho cosas que yo no sentía y sabía que no había hecho. Me resistí, lloré, pensé en qué crueles estaban siendo conmigo, en que no era justo que me hiciesen sentir así… pero no, no Ángela, ellos no son crueles, no son injustos, la que lo eres contigo misma eres tú, que dejas que esas palabras te confundan, que dejas que te hagan dudar de lo que has hecho o dejado de hacer, incluso siendo cosas materiales. Porque mirad si somos dañinos para nosotros mismos que si alguien te dice que tú no contestaste a su correo, y abres el correo y ves allí escrita tu contestación, incluso llena de buenas palabras… incluso viendo que tú lo escribiste y que esa persona lo recibió, te sientes mal, dejas que ese estímulo negativo que te mandan anide en ti.


Esta entrada es para vosotros, y es para mí. Porque no quiero que el ego me domine más, no quiero volver a dejar que lo de fuera pese más que lo de dentro. Por favor os lo pido, luchad por la causa que queráis, intentad cambiad lo que queráis ajeno a vosotros, pero nunca lo hagáis por sentiros víctimas, no culpéis a nadie, no os hagáis ese daño. Victimizarnos nos nubla la mente, nos hace sentir débiles, nos convierte en animalillos heridos, hace que interpretemos mal a los demás, hace que incluso hagamos daño a los demás.


No soy una pobre mujer blanca oprimida, ni alienada, no soy lo que mi cuerpo es, ni siquiera lo que es mi mente, pues esta me engaña en muchas ocasiones, soy lo que siento que soy: Una persona que se enfrenta a estímulos y que tiene toda la libertad y responsabilidad de elegir cómo enfrentarse a ellos.


El poder es nuestro, no lo dejéis en manos del primero que aparezca.

Y puede parecer algo duro y tajante pero esto es algo que quiero dejar muy claro, es primordial para construir vuestra autoestima de verdad, para empezar a ser felices: huid de los que os hagan sentir víctimas, pero no de los que os lo hacen sentir por atacaros, sino de los que os defienden. Entre la víctima y su defensor hay una relación tóxica de egos que se inflan mutuamente, son personajes que se alimentan el uno del otro.


lunes, 5 de septiembre de 2016

Mi trabajo

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Septiembre es un mes que me apasiona, se mezclan tantas sensaciones: la melancolía de la despedida del verano, la emoción por empezar un nuevo curso, la incertidumbre de preguntarnos qué nos depararán los próximos meses… Este septiembre es especialmente importante para mí, tanto que esta entrada necesito hacerla para poner simbólicamente un punto y final a una etapa clave en mi vida.


Para ello me remontaré a unos tres años atrás más o menos, ya sabéis que las fechas no son lo mío. Hace unos tres años comencé a ir a una psicóloga pues yo era una persona deprimida y muy triste, tenía graves problemas de autoestima y estaba realmente perdida. Ya tenía a mis hijas, a mi Amo, todo a mi alrededor era bonito, tenía una vida para disfrutarla, pero no lo hacía. Yo vivía con esa pena, ya había aprendido a convivir con ella, me había resignado, pero mis hijas iban creciendo y no podía soportar la idea de que eso les afectara a ellas, ese fue el motivo por el que di ese paso, por lo que busqué ayuda. Ojalá pudiese decir que lo hice por mi, pero mentiría. Para que os hagáis una idea de en qué estado me encontraba os diré que lo primero que me enseñó a hacer la psicóloga fue a hablar mirando a los ojos, era tan insegura que no podía hacerlo. Los que me conocen desde hace menos tiempo no se lo creerán, pues ahora soy todo lo contrario, extrovertida y directa. Pero respecto a lo que me ocupa hoy, el día clave fue cuando me puso un ejercicio: "Sueña, cómo te ves de aquí a cinco años, cuál sería tu trabajo ideal". Ese fue un ejercicio muy complicado, nunca he sabido en qué quería trabajar, ha sido mi caballo de batalla desde niña. Mi madre intentaba motivarme, que probase cosas. Cuando terminé bachiller no había ninguna carrera que me llenase. Pero mi madre me dio una clave, me abrió una puerta, me dijo que buscase cursos aunque fuese de alfarería. Siempre he sido tremendamente creativa, ella quería fomentar ese aspecto de mí, y fue así como llegué a estudiar diseño de interiores, fueron años duros ya que coincidieron con mis dos embarazos. Los terminé porque dentro de las posibilidades que había en mi cabeza era la que más podía llenarme. Mi error siempre ha sido asociar el trabajo a sufrimiento, si algo no me costaba hacerlo es que no era un trabajo, pero hacer algo que me hace sufrir me desgasta mucho, por lo que mi energía se resiente muchísimo e incluso me resiento físicamente. El diseño de interiores no estaba hecho para mí, el mundo al que me asomó no me gustaba, era frívolo y superficial, además tenía dos bebés y las posibilidades que se me presentaban de trabajo pasaban por sacrificar verlas crecer. En esas me dejé acomodarme, me pasaba el día triste en casa, y ojo, no digo que ser ama de casa sea triste, es que si no lo eliges, es que si esa no es tu ambición te destroza, al igual que cualquier otro trabajo. Pues llegó el día de responder al ejercicio, soñar es distinto a plantearte algo real, eso facilitó las cosas. El resultado de aquello fue el proyecto de una empresa propia de organización de eventos pequeños, pues siempre me ha encantado organizar momentos especiales para los demás. El siguiente ejercicio fue dar un paso real hacia ese sueño. Siempre hablo de lo importante de la actitud, lo importante de dar ese primer paso, pues los siguientes te vienen rápido. Tres meses más tarde tenía una socia y no paraban de salirme trabajillos, no gran cosa, pero recordad que venía de estar en mi casa, en bata y sin peinar (¡Con lo presumida que soy!) viendo “Hombres, mujeres y viceversa”. Ese año fue increíble a nivel personal, adquirí seguridad, hacía las cosas y a la gente le encantaban, veía que podía materializar lo que imaginaba.


Por ese entonces me surgió organizar dos exposiciones de arte con una empresa japonesa. Sé que esa oportunidad me surgió porque yo estaba preparada para ello, porque había dado unos pasos previos. Fue una experiencia intensísima y muy exigente, pero que me dio muchas tablas y descubrí mi capacidad para resolver problemas complejos. Todo sumado hizo que me invadiera una sensación de ir a más, y decidí dejar los eventos pequeños y formarme como Wedding Planner para dedicarme en exclusiva a las bodas. Volviendo del curso que hice en Zaragoza, en el tren ya cerré una boda y me surgió la posibilidad de otra, entiendo que haya quien no crea en el “Universo” como yo lo llamo, pero cuando me pasan esas cosas no puedo evitar pensar en él. Ese verano cerré tres bodas, algo increíble para no mover ni un solo dedo en publicitarme. Salieron geniales, volví a comprobar mi capacidad para hacer las cosas, para imaginar algo bonito y materializarlo. Todo me iba genial, los novios estaban realmente contentos con mi trabajo, mis compañeros de profesión me admiraban, hasta mis profesores que son la empresa más fuerte de España de organización de bodas, veían en mí una gran proyección, todos pensaban que llegaría lejos con ello. Todo apuntaba a que mi sueño se podía hacer realidad. ¿Cómo me sentía yo ante ello? Abrumada y muy agobiada, me encantaba decorar y organizar el evento, cuando veía el resultado me sentía satisfecha, pero llegar hasta ese momento me hacía sufrir, no podía dedicarme a disfrutar de mis hijas, y eso que Él se encargaba de todo cuando yo no podía, pero era una sensación personal. Y después de la boda me quedaba fatal, incluso físicamente, me ponía enferma por el desgaste. En julio tuve la última boda, era en Cádiz, ni siquiera la había organizado yo, era un favor que le hacía a una compañera que acababa de dar a luz. Fueron 24 horas de trabajo agotador. En un momento de la noche que pude parar, me senté en una preciosa cama balinesa mirando al mar y me pregunté qué hacía allí, lejos de mi casa, agotada, dolorida, llorando, haciendo un trabajo bonito pero que no me llenaba, y no lo hacía porque de repente me pareció muy superficial, y no es que nadie deba hacerlo por ello, sino que algo por dentro me decía que yo necesitaba otra cosa.


Durante estos tres años, paralelamente, yo tenía mi blog, algo a lo que nunca di importancia pues era un desahogo, algo que realmente me satisfacía, pues así son los “hobbies” ¿No?. No sé en qué momento me di cuenta, y no sé por qué no lo vi antes, escribir me llenaba, tanto que volvió a mi memoria la primera vez que escribí un cuento cuando niña “Viajando por el país disparatado” para un concurso del cole. Cuando lo terminé me dije: Quiero ser escritora. Mi madre lo leyó y me dijo que estaba hecha para ello, mi profesora lo leyó y me llevó a la directora a leérselo, incluso gané el concurso. Pero no sé por qué todo aquello se desvaneció, ni siquiera lo recordaba.


En julio, sentada en aquel precioso sitio, decidí que el ejercicio que me puso mi psicóloga había terminado, que lo había llevado todo lo lejos que podía, y que era hora de ponerle punto y final. Porque a veces persiguiendo un sueño nos cruzamos con otro, o quizá es que persiguiendo el que creemos que es nuestro sueño nos damos de bruces con el que lo es realmente. Yo necesitaba todo lo que estos años me han dado, necesitaba ese recorrido para volver al principio, para recuperar la seguridad de aquella niña que escribió aquel cuento. Y no sabéis lo orgullosa que me siento de ser valiente y renunciar a algo para lo que tengo talento, para perseguir algo que me completa, para seguir mi intuición, esa que me dice que vine a esta vida para transmitir, que apostar por vomitar lo que llevo dentro me acerca más a mi misión, esa que siempre he sentido que tenía.


Este septiembre representa para mí una nueva vida, pues este verano no han aparecido los miedos que siempre me atacaban, este verano ya no he visto ni siquiera restos de aquella pena, este verano me he sentido completamente curada. Siento una paz que jamás soñé sentir.


No puedo cerrar esta etapa sin darles las gracias a mis padres por haberme apoyado en cada sueño, en cada paso, de todas las formas y maneras que han podido, por no juzgar mis decisiones y confiar en mí. Y por supuesto no puedo dejar de darle las gracias a Él, que siempre me ha dicho que no me preocupase de ganar o no dinero, que me ha ayudado a superar mis momentos de máximo estrés, que me ha dejado tranquila en mis ausencias como madre siendo un gran padre, que ha cargado el coche con mis cachivaches para llevarme a cualquier ciudad y ha trabajado mano a mano conmigo de 8 de la mañana a 8 de la mañana del día siguiente, que me ha aconsejado con frases como: “Tienes talento y no quiero que vuelvan a aprovecharse de él”, no puedo dejar de darle las gracias por hacer todo lo que ha hecho con el único objetivo de querer verme feliz.


Y terminaré esta entrada y empezaré mi nueva etapa con una frase Suya que me dijo un día en que yo lloraba sobrepasada por el trabajo: “¿Por qué no mandas a la mierda todo esto y te dedicas a escribir? Con lo guapa y feliz que te pones cuando lo haces.”

lunes, 29 de agosto de 2016

El camino de la nostalgia




Ya estoy de vuelta de las vacaciones, y como me suele pasar tras recuperar fuerzas, me he puesto a hacer limpieza en todos los sentidos. Quería aclarar que esta entrada y la siguiente son dos entradas que necesito, son fruto de esa limpieza en profundidad, como cuando necesitas sacar todo lo que hay en un cajón para luego decidir qué vuelves a guardar y qué quieres tirar.



Lo que tenemos los granaínos con nuestra playa es amor-odio. Es nuestra playa pero tenemos que conducir unos 40 minutos hasta llegar a ella, eso ahora que han abierto la autovía, porque me pasé toda mi infancia chupándome curvas y carreteras de doble sentido durante una hora larga. Cuando llegas allí te encuentras con una extensión gris, llena de piedras. Pero es nuestra playa, esa que te pilla a mano para ir los fines de semana del verano, esa a la que van tus abuelos todos los años porque está cerca, esa a la que vas cuando eres adolescente con tus amigos a pasar el día pues es a la única a la que te dejan ir tus padres. Eso que son ventajas al final se acaba convirtiendo en ese odio del que hablaba, siempre vas allí, siempre te encuentras a las mismas personas, el mismo ambiente, y te va asfixiando, te va creando la sensación de que no avanzas, de que eres la que eras cuando fuiste de niña, la misma que cuando ibas de adolescente…


Ayer nos montamos en el coche temprano, sin desayunar y partimos para Almuñécar, así se llama la playa. Desde que las niñas empezaron a tener consciencia y recuerdo hemos creado una tradición, un día en el que repetimos aquellos rituales que nosotros vivimos de niños. Antes íbamos varias veces en el verano con mi familia, pero este año fuimos expresamente a hacer nuestros rituales, solos. Nos montamos en el coche y pusimos el disco recopilatorio de Juan Luis Guerra, cuando nos conocimos descubrimos que nos traía los mismos recuerdos, que tanto sus padres como los míos nos lo ponían de camino a la playa. Me gusta sacarlo de la carátula amarillenta y vieja, ponerlo y comenzar un viaje al pasado. Empieza a sonar la música y noto que mi mente y mi cuerpo se eriza, se pone en modo nostálgico, y es que el camino a la playa es el camino de la nostalgia, pues he hecho ese camino con todas las personas importantes de mi infancia…


La tapicería del Ford Orión viene a mi mente, el olor, su tacto, mis padres sentados delante, aún juntos. Íbamos al cortijito que teníamos allí, las vistas de la piscina, el banano, el olor del sillón, las literas de los dormitorios, la mini lavadora que había en el baño, la balaustrada blanca de la terraza, era una casita preciosa que yo odiaba, sentía que me ataba, que nos obligaba a ir allí cada verano, y yo quería volar, salir, alejarme por unos días de la que era en mi ciudad, ir a un sitio a ver cosas distintas, ir a playas distintas, comerme un helado distinto en una heladería distinta…


Como he dicho ahora han abierto la autovía, por lo que la carretera antigua está casi desierta, ayer, mientras contemplaba el paisaje reparé en ella, de repente las imágenes me golpearon duro, y me puse a llorar. Cuántas veces hice ese camino con mi abuelo en el coche, cuántas veces paramos en el Azud de Vélez a desayunar como a él le gustaba, cuántas veces me quedé con ellos en los apartamentos que alquilaban mientras mis padres trabajaban en setiembre, cuántas cabañas me hizo en aquellas piedras, cuántos de sus “rollos” me contó. Cuántas veces fuimos toda la familia junta a pasar el día, éramos de esos que ponen cuatro sombrillas y llevan la tortilla, la carne empanada y la sandía de postre, con dos neveras llenas de refrescos, de broma decíamos que era una “Jaima” pues poníamos sábanas enganchadas para dar más sombra. Y allí pasábamos el día todos mis tíos y mis primos, quizá cuando era más niña sí disfrutaba de ello, pero ya de mayor empezó a no gustarme, aparentemente disfrutaba, pero miraba a otras personas a nuestro alrededor, miraba al mar y algo dentro me dolía, me sentía atrapada, ya no me valía la carne empanada ni la tortilla, la jaima era para mí una jaula, ahora lo veo, ahora que en estos últimos años he analizado mi relación con mi familia me doy cuenta de que mi madre y yo no pertenecíamos a ese mundo, a esa forma de hacer las cosas, pero hay veces que cuando naces haciendo lo mismo una y otra vez haces las cosas por inercia porque el placer que produce la costumbre disfraza tu verdadera necesidad, lo que de verdad quieres. Todo esto se acentuó cuando murió mi abuelo, porque él tenía la virtud de hacer mágico y especial todo. La última vez que fuimos todos juntos a la playa mi hija pequeña tenía dos años, tiene una foto con la sandía que era casi más grande que ella, aquella vez estar allí me pesó demasiado, definitivamente lo que me ataba a ese mundo había muerto hacía varios años y debía aceptarlo.


Poco a poco hemos ido construyendo nuestro mundo, hemos ido encontrando la manera de hacer las cosas, me encanta ir a la playa con la sombrilla, los esterillos y una mochila negra, nada más. Me gusta ir con la sensación de que puedo irme cuando quiera, que mi equipaje pesa tan poco que puedo moverlo fácilmente.


Ayer pusimos a Juan Luis Guerra en el coche y supe que este año me iba a costar enfrentarme a la nostalgia. Recorrimos el camino y verlo canturrear mientras conduce me lo hizo más ameno, vi aquella vieja carretera y un nudo se me agarró, lloré en silencio para que no se diera cuenta de que lo hacía, no quería. Fuimos a desayunar buñuelos con chocolate como manda la tradición, fuimos a la playa un rato, frente al Vizcaya, donde siempre nos hemos puesto, vi a las familias con sus sandias, con sus “jaimas”, me llené las manos del polvo de las piedras haciendo casitas con mis hijas, siempre me ha dado dentera hacerlo, comimos en el chiringuito con sus aparatosas e incómodas sillas de anea de toda la vida, comimos migas y pescado frito, Él se pidió el espeto de sardinas hecho en la vieja barca de siempre. Después las niñas se montaron un rato en unos columpios mientras nosotros las mirábamos sentados en un banco del paseo. El día se nubló y yo con él. Recordé a mi abuelo, imaginé qué pensaría de que ya no nos reuniésemos como cuando él estaba, con lo que luchó por vernos a todos juntos… entonces acepté que él ya no existía como tal, que él ya no puede decir nada porque ya no está, porque cuando alguien muere, muere, y los que se quedan no pueden seguir haciendo las cosas por su recuerdo, porque eso es vivir esclavos de algo inexistente. Mi abuelo ya no existe como persona, ya estará en otra vida viviendo otras cosas, y debe hacerlo a su manera, al igual que yo. “¿Qué hacemos?” La nostalgia ya me había afectado demasiado, esta vez me había ganado la partida y no quería seguir con el resto de rituales, ya no quería helado en “la isla de Capri” ni quería cenar en la pizzería “Pinocho”… No quería pasar delante del hotel “Helios” ni ver el balcón del apartamento que mi abuelo bautizó como “Villa Toldos”. No quería andar por el paseo hasta el mercadillo nocturno, no quería cruzarme con todas las personas que harían lo mismo aquella noche. No quería pasar por la calle en la que le dije que necesitaba que me dominase, no quería entrar en “Loro Sexy” a ver los pájaros…


Y a pesar de que este año la nostalgia haya podido conmigo no quiero dejar de ir cada año, porque todos deberíamos hacer nuestro camino a la nostalgia de vez en cuando, para recordar, para evaluar cómo hemos cambiado, cómo nos sentimos frente a aquello que fuimos, frente a todo lo que vivimos, para ver qué queda de eso en nosotros, para que nunca olvidemos de dónde venimos y valoremos dónde hemos llegado, para rendir homenaje a nuestro pasado mientras nos desprendemos de él. Porque por muy bonitas que sean algunas de las cosas que vivimos ya no existen y eso hay que aceptarlo, los objetos bonitos también pesan, y no olvidemos que la clave es viajar livianos.


Al viajar a mi pasado me doy cuenta de que en la infancia las personas que nos quieren y nos cuidan nos hacen formar parte de sus mundos, nos hacen partícipes de ellos y eso nos aporta, pero conforme vamos creciendo hay que crear el nuestro propio pues vivir en el de los demás no es vivir.


Al terminar de escribir esto voy a poner Juan Luis Guerra a tope porque tengo presión en la cabeza y necesito llorar nostalgia.

lunes, 22 de agosto de 2016

Te vi, te amé y no dije nada

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Creep - Radiohead


Te he visto crecer, te vi de niña, jugando en el jardín, manchando tus rodillas de verdor, con tu pelo alborotado… y te amé. Te amé en silencio, observándote callado, te vi dar vueltas sobre ti misma, descalza, y te amé. Te vi reír a carcajadas y ya noté la tristeza de tu mirada, una pena honda que ni tu cabello rubio, resplandeciente, podía ocultar. Te vi, te amé y no dije nada.


 Te vi crecer, el pelo aún más largo, te vi leer tus libros tan cerca de mí, a mi sombra, te sentí tan cerca. Vi cómo llorabas desconsolada, te vi, te amé y no dije nada. No podía, espero que lo entiendas. No te dije nada, pero te comprendí, supe que te sentías fuera de tu mundo, que todo te parecía extraño y aterrador, supe que no te comprendían, que nadie podía entenderte. Yo sí, yo si te comprendí, pero no dije nada, espero que lo entiendas, es que no podía…


Te vi hecha toda una mujer, con la belleza rebosando, con las pecas en su pleno esplendor y la mirada en su plena tristeza. Te vi, te amé y no dije nada, no podía, mi amor, no podía.


Y yo te entiendo, entiendo cómo te alivia el dolor al autolesionarte, sí, he visto tus brazos y piernas llenas de heridas. Y te entiendo porque es el mismo alivio que siento cuando cortan mis ramas, cuando la savia corre por mis heridas, en ese momento te siento cerca, imagino que compartimos la misma sensación, al menos eso. Y entiendo que odies tu hermoso cuerpo, al igual que yo odio mi fuerte y ancestral tronco, como odio mis raíces que me mantienen vivo pero anclado al suelo, que no me dejan ir a jugar contigo, que no me dejan ir a consolarte. Te apoyas en mí, siento tu espalda, la saboreo y agradezco al viento que mueva mis largas hojas, que me hacen creer que son dedos con los que acariciarte. Porque me siento atrapado en la magia de mi especie, esa impasible al tiempo, esa que me hace sobrevivirte, esa que me hace quieto, callado y robusto. Esa que hace que sea sólo un Sauce, un Sauce que llora porque no es de este mundo, porque no se siente árbol, porque no puede emitir sonido, que no puede comunicarse con aquella a la que ama, con aquella con la que comparte sufrimiento. Porque no hay amor más puro que el de un Sauce Llorón y un hada triste, no hay unión más mágica e imposible.


Quiero gritarte, la savia me hierve al no poder gritarte que te amo, que quiero que te quedes a vivir entre mis ramas, que quiero que juegues cada día con mis hojas, que te dejes acariciar por ellas, que bebas mi savia y te rasguñes con mi corteza. Sí mi amor, quédate a mi lado, yo seré tu refugio, yo escucharé tu canto, yo seré tu soporte. Quiero ser suficiente para ti, quiero que anides en mi madera, que enredes tu pelo en mis nudos… Ámame, ámame te lo suplico, sé el hada que habita en este viejo sauce llorón…


 

Y te vi venir aquella noche, te vi venir con tu paso lánguido y tu camisón blanco, te vi quitártelo ante mí. Quise gritar, quise darte lo que necesitabas, grité y grité pero no me oíste. La cuerda en mi rama dolió más que cualquier poda. Deseé que me hubiesen cortado tiempo atrás, deseé que aquella helada hubiese acabado conmigo en mi juventud, cuando no era más que un palo endeble, deseé que aquella semilla que fui jamás hubiese florecido. Porque ahora tengo que ver tu cuerpo colgando inerte de mí, tengo que ver tu cuello roto y tu mirada vacía, y tu mirada que ya no es triste, que ya no es mirada. Deseé no haber existido por no vivir eternamente con el recuerdo de tu balanceo, por no tener que cargar ahora con mi pena y la tuya.


Y lo peor es que tengo mucho tiempo para pensar en si pude hacer algo, en si pude rogar más fuerte a la Madre Naturaleza para que me diese voz. En si pude suplicarle más fuerte que mi rama fuese menos fuerte, que hubiese estado más seca para no soportar el peso de tu liviano cuerpo, para que se hubiese partido ella para no ver partido ahora mi corazón.


Y aunque el dolor es horrible, algún consuelo me queda, el consuelo de que al menos ahora habitas en mí, al menos siento tu pena correr por mi madera, al menos al fin el hada de este viejo Sauce lo habita. Porque no sé dónde habrás ido pero yo te siento aquí conmigo, y es una presencia que duele, que asusta, una presencia que algunas noches visualizo rondándome, que a veces visualizo saltando entre mis ramas feliz, feliz como nunca fuiste…


Y yo solo soy un viejo y estúpido Sauce Llorón, un estúpido que creyó que podía luchar por ser lo que no es, contra su propia naturaleza, que creyó que el amor podría con la evidencia, que creyó que podía salvarte, que podía salvarse…


Pero nadie nos entiende, nadie nos entendió, ni siquiera nosotros mismos… y por eso nos marchitamos, porque soy un Sauce Llorón, sí, esa especie de Sauce que debe su nombre a las lágrimas que derrama aunque nadie pueda verlo, porque nací para ser tristemente habitado por un hada triste… y encima he de sentirme afortunado porque este dolor es lo que más se acerca a la humanidad, esa que deseé cuando aún estabas viva: Deseé unos brazos, no ramas, unos brazos con los que abrazarte, con los que llenarte de vida, deseé unos labios para besar tu frente gacha, deseé una lengua para susurrarte que te amo, y sí, deseé una polla con la que meterme entre tus piernas, con la que llevarte al éxtasis, ese éxtasis de renacimiento, que te hiciese suspirar como si al fin entrase aire en tus pulmones…


Pero esa transformación no se dio por mucho que oré, y he de aceptarlo, sí, he de hacerlo: Sólo soy un triste Sauce Llorón que ya no tiene otra cosa que hacer que llorar, que llorarte…