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lunes, 14 de marzo de 2016

Gata o perra

En mi casa siempre hemos tenido gatos y perros. Desde pequeña he estado completamente enamorada de los gatos, mi madre siempre me dijo que yo era muy gata y yo también lo sentía así. Me identificaba con la independencia felina, también siempre he sido arisca excepto cuando me apetecían mimos. Los perros nunca habían sido muy santos de mi devoción, me rechinaba esa fidelidad estúpida, ese esperar a que el dueño dé alimento y cariño.
El otro día hablando con una amiga me di cuenta de que gata o perra realmente eran dos maneras ideales de definir mi personalidad como sumisa, de definir mi antes y mi después. Antes imaginaba a mi gata como un ser extremadamente cariñoso y entregado a mí. La imagino sentándose en mi teclado mientras escribo, metiendo la cabeza bajo mi brazo entorpeciéndome por completo. Yo la quería pero me hartaba, acababa echándola de la habitación enfadada con ella. Lo que yo no entendía es que mi gata no venía a darme cariño, venía a reclamarme atención, por ella, porque ella necesitaba esas caricias en ese momento. Yo antes era así, disfrazaba el estar constantemente reclamando la atención del Amo, de sumisión. Me enfadaba cuando no obtenía el resultado que quería, cuando la orden que me daba no me gustaba. Buscaba el castigo porque prefería llorar y satisfacer esa necesidad de atención, por no decir lo mal que me sentaba que el castigo no fuese todo lo duro que yo creía que debía ser, como si eso fuese directamente proporcional a la atención que me estaba dando. Esto es algo que ahora me alivia entender. No comprendía por qué antes quería y necesitaba castigo y ahora lo odio.


Por otro lado antes tenía la sensación de que mi Amo salía con sus amigos por alejarse de mí, que cuando se iba no me ordenaba nada porque estaba harto de lo que conllevaba ser mi Amo. Yo sufría, no entendía por qué no funcionaba, podía hacerle lo que quisiera a Su mujer, yo le obedecería y serviría, creía que sería un sueño para Él y, sin embargo, lo consumía y agotaba. Ahora sé que era esa gata que se planta en el teclado llamando su atención, la que entorpece en vez de facilitar. Servía por puro egoísmo, entregaba para recibir algo a cambio, algo concreto y que si no obtenía me frustraba y me entristecía. Entonces empezaba con mis quejas, empezaba con mis maullidos que lo volvían loco porque no eran más que exigencias disfrazadas de falsa entrega. Últimamente miraba a los gatos y me resultaba curioso que ya no me identificaba con ellos, me resultaba extraño porque es de esas cosas que tienes interiorizadas, como algo que realmente forma parte de ti. Pero es que ya no soy gata, no me apetece ser rebelde ni arisca, no me apetece buscar castigos, ni siquiera caricias, por supuesto que acato con los unos y sonrío con las otras, pero ahora disfruto realmente de dar sin esperar nada a cambio. He descubierto que cuando no esperas nada a cambio obtienes las mejores sensaciones, las mejores caricias y las más bonitas palabras. Ahora me siento como una perra serena tumbada a los pies del Amo, silenciosa y tranquila, dispuesta a obedecer si Él da una orden o saboreando las caricias que Él quiera darme. Aparentemente puede parecer peor, pero ya no siento que tenga ganas de descansar de mí, ya no siento que lo agoto, ya no me echa de la habitación por pesada, ya no me dice: “Déjame un rato, por favor” agobiado. Ahora sé que las caricias que me da es porque quiere realmente dármelas. Y esa paz es lo que siempre he querido, no estoy ansiosa buscando algo, buscando mimos y azotes, simplemente vivo templada y entregada.
No me malinterpretéis, esto es solo una metáfora, sigo queriendo y cuidando a mi gata, pero cuando miro a mi perra en su cama, tumbada pero sin quitarme ojo, sonrío y me veo reflejada en ella. Sé cómo me quiere, sé que confía en mí, que me adora y adora mis caricias pero no me las exige. Sé que sabe que la cuido, que no le voy a hacer daño… al fin la entiendo, al fin entiendo esa fidelidad perruna, esa lealtad hacia quién crees que la merece, es la que yo siento hacia mi Amo.
Me hace gracia porque ahora no paro de ver paralelismos entre los perros y yo. Hace un tiempo en el programa “El encantador de perros” escuché que lo peor que se les puede hacer es tratarlos como si fuesen humanos. Se confunden, pierden su sitio y es cuando se vuelven inestables. Decían que aceptar lo que realmente eran, era la mejor manera de quererlos. Me siento muy identificada, en cuanto me trata mínimamente de igual a igual empiezan mis angustias, sale mi soberbia y mi coraje, es cuando se me agarra un nudo en estómago, pierdo mi sitio, pierdo mi norte. Pero cuando me trata como a su perra estoy completamente equilibrada y serena, me siento aceptada. El problema es que está demasiado arraigada la idea de que si consideras a alguien “por debajo” de ti, vas a aprovecharte, a tratarlo mal y esa persona sufrirá. Pero que eso ocurra no significa que ocurra siempre. Yo quiero estar aquí, debajo de Él, soy tremendamente feliz así, no me estoy convenciendo, no es una fantasía sexual, es una certeza en el pecho de que mi lugar es este, que nací para esperar silenciosa en un rincón Sus órdenes o Sus caricias, nací para hacerlo lo más feliz posible y sin esperar nada... pero es que sin esperar nada, al final sí he obtenido algo, mi felicidad.

viernes, 8 de enero de 2016

Me lo tomo todo muy en serio

Llevábamos unas dos semanas saliendo juntos, fuimos a unos olivos solitarios a pasar un día de picnic. Echamos una manta y allí pasamos el día desnudos, jugando. Mi Amo no fue el primer hombre en mi vida, cosa que me aún hoy me atormenta. La experiencia con otros me había creado la certeza de que disfrutar con el sexo era algo para hacer sola, que los hombres solo querían follarte y que no podría jugar con ellos. En aquellos olivos tuve la primera prueba de que aquel chico era distinto. En aquellos olivos jugamos por primera vez. Fue un juego tonto pero que me pareció maravilloso. Era el juego de “La Bella Durmiente”, me vendó los ojos y fue besándome todo el cuerpo hasta “descubrir” dónde debía besarme para que despertara. Aquellos picnics fueron geniales, fueron el preámbulo de un sexo maravilloso e increíble.


Cuando mi Amo y yo éramos novios vainilla hacíamos de todo. Casi todos nuestros juegos eran de dominación: era mi jefe, mi médico, mi profesor… en todos yo estaba en inferioridad. Me esposó, me azotó, probamos el sexo anal, nos disfrazamos, jugamos a que me forzaba… Recuerdo una noche cuando ya vivíamos juntos que me puso sobre sus rodillas, fue metiéndome un consolador grande por el culo poco a poco, tranquilizándome mientras lo introducía. Estoy hablando de una época en que ni le había insinuado mi necesidad de entrega, pero con perspectiva veo que ya jugábamos a lo que cada uno era. En toda nuestra relación jamás he tenido la sensación de estar insatisfecha sexualmente hablando, jamás he querido más de lo que teníamos. Nuestro sexo siempre ha sido maravilloso y creativo.
¿Por qué os cuento todo esto? Porque quiero que entendáis bien cuál era mi necesidad. El día del consolador en sus rodillas tuve un orgasmo genial, tras el cual la tristeza se apoderó de mí, cada vez que terminaban nuestros juegos la realidad me hundía, eran solo juegos, obedecía y me sometía momentáneamente y mi novio no era consciente de ello, no sabía lo que provocaba en mí con esos juegos, no me dominaba conscientemente y, si acaso, era una dominación momentánea que se difuminaba en la cotidianidad. El sexo siempre ha sido nuestro idioma, cuando no follábamos éramos infelices como pareja, yo era insoportable, depresiva y exigente. Lo volvía loco, parecía que llegaba un momento en que íbamos a cortar la relación, pero follábamos y de nuevo sentíamos que debíamos estar juntos. Creo que era porque en el sexo teníamos mas claras nuestras posiciones naturales, solo teníamos que buscar cómo extenderlas a toda la relación.


Cuando soy capaz de ver las cosas con perspectiva todo cobra más sentido, cuando dejo de mirar las historias de los demás y analizo la nuestra veo claro todo, las respuestas están ante mis ojos. El día que le dije lo que necesitaba en ningún momento hablé de sexo o de prácticas (yo aún ni sabía que existían). Cuando le dije que necesitaba que me dominara, hablaba de un sentimiento, no de algo físico, no es que necesitara una bofetada porque me excitaba, la necesitaba porque representaba su dominio.
Mi error fue descubrir un mundo, mi error fue creer que mis defectos no se extenderían a esa nueva vida que empezábamos. Siempre he tenido una parte superficial con la que he luchado muchísimo. Si veo un modelito lo necesito porque me parece que la vida será más gris sin él, si veo una práctica quiero experimentarla porque sí, porque queda bonito. Además se junta que soy extremadamente curiosa, así que era una combinación mortal. Hoy ya veo las cosas de otra manera, será que estoy madurando pero, como aquí os cuento, vuelvo a encontrar mi camino, a ver claro que yo sólo quería un sentimiento.
Es cierto que Él también ha ido descubriendo cosas, cuando le digo que podría vivir sin dolor, sin azotes, sin pinzas… se ríe porque Él no. Así que haciendo honor a mi sentimiento aguanto lo que Él quiera hacerme y algunas veces lo disfruto, cuando consigo conectar ese dolor con mi sentimiento de entrega.
En definitiva, odio que algo insinúe que mi D/s es jugar a ser dominada. Una de las cosas que más me cuesta es ladrar, es actuar como una perra. ¿Por qué? Porque no sé jugar, no puedo hacerme el cachorro juguetón, si quiere que sea una perra interpreto que quiere que me sienta como tal, que me animalice, que vea el mundo desde la perspectiva de un perro, que sienta el frío del suelo, que ladre por llamar su atención, que espere atada pacientemente… pero que lo sienta, que sea la perra que llevo dentro, no que imite a una. En una fiesta me ató debajo de la mesa con mi correa, veía solo los pies de las personas, los escuchaba hablar pero yo estaba al margen, bajo la mesa me sentía una perra de verdad. Pero vi como dos sumisas hablaban y dijeron algo como: Habría que ponerle un cojín a esa chica que el suelo está frío. No estoy segura de si eso fue lo que dijeron pero sería algo parecido porque una de ellas le ofreció a mi Amo un cojín para ponérmelo, Él a regañadientes me lo puso, al poco le ofrecieron uno más grande para que estuviese más cómoda, pero mi Amo se negó. Puedo parecer desagradecida, pero el gesto que tuvieron conmigo, aunque fué desde el cariño, no me gustó. Me da igual que el suelo esté frío y duro, si mi Amo quiere que sea una perra lo seré, y que me recuerden que no lo soy me hace sentir ridícula y tonta, si no soy una perra de verdad, soy una tía hecha y derecha de 29 años jugando a que es una perrita.
Esta es solo mi percepción, es sólo lo que YO necesito, cómo YO lo vivo. No es cómo deben hacerlo otras, de hecho creo que es genial disfrutar jugando, es genial obtener placer de las prácticas, probar qué elementos de azote te excitan y que tu Amo te sepa guiar hasta tener orgasmos y sensaciones increíbles, os juro que creo que es maravilloso, pero yo no sé hacerlo, yo no sé vivirlo así. A mí me da igual que mi Amo ate bien o mal, que me vaya calentando el culo poco a poco para que tolere más el dolor o que el primer correazo que me suelte sea el mas fuerte. Yo quiero ser Suya, es lo único que me da placer. Como si me dice que no va a azotarme nunca más, que va a hacerme sólo cosquillitas y mimos, si es Su deseo, yo soy Suya para cumplirlo.
Así que sí, soy una persona que se lo toma todo muy en serio. Si he decidido que soy inferior a mi Amo, lo soy de verdad, sin medias tintas, para lo que Él quiera y con todas las consecuencias. Es mi forma de ser, mi personalidad... No es BDSM es MI forma de afrontar la vida